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jueves, 12 de septiembre de 2019

LA CASTAÑEDA: EL ESPECTÁCULO SONÁMBULO DE LA LOCURA, LA IRRACIONALIDAD, LA PASIVIDAD Y LA FURIA

"... Yo atravieso con una sombría cautela ese manicomio que ha sido el mundo durante milenios enteros […] — me guardo de hacer responsable a la humanidad de sus enfermedades mentales".

― Nietzsche

La locura puede ser entendida como una manera de vivir la vida que va más allá de lo convencional. Este concepto ha sido usado durante siglos, para estigmatizar mucho de lo que antes era visto como 'cosa de locos'. La locura suele asociarse a momentos en los que todos los pensamientos se vuelven muy disparatados y difíciles de controlar. Sin embargo, hasta cierto punto todos somos irracionales y percibimos la realidad a través de sesgos. De hecho, la diferencia es que algunos requieren encierro, verbigracia: La Castañeda.
 "Sinónimo de naturaleza, pero naturaleza transfigurada, el reino perdido, la inocencia del primer día".

En uno de sus ensayos mejor logrados, el poeta Octavio Paz así se refirió al pueblo de Mixcoac, como un jardín. Y como todo dentro del devenir histórico, sentenció: "Pero al fin se la comió nuestra señora, la tolvanera madre, la monstruosa capital, la Coatlicue humana".

ANTECEDENTES HISTÓRICOS


A finales del siglo XIX, los pobladores de Mixcoac difícilmente imaginaron que la hacienda de La Castañeda -famosa por su producción de pulque-, se convertiría en el lugar de reposo y tranquilidad para cientos de enfermos mentales. Don Ignacio Torres Adalid, dueño de una gran cantidad de haciendas pulqueras en el Estado de México, Hidalgo y Tlaxcala, era conocido como el 'rey del pulque'. Gozaba del aprecio de la alta sociedad porfiriana (de la cual formaba parte) por ser un mecenas de las causas nobles. Reservó parte de la hacienda como un lugar de reunión para todas aquellas personas que durante los fines de semana intentaban distraerse de las labores cotidianas. Así, La Castañeda abría sus puertas a quienes quisieran gozar de largas caminatas por sus jardines o utilizar sus salones de baile, en los que por sólo 25 centavos la entrada se obtenía el derecho a formar parte de la fiesta y el esparcimiento.
Durante la época colonial, los locos, los ancianos y alguno que otro menesteroso, eran aislados en instituciones subsidiadas por la iglesia y la beneficencia pública. Tal fue el caso de los hospitales como el de San Hipólito y del Divino Salvador para el caso de los hombres, y el de la calle de Canoa para el caso de las mujeres.

El Porfiriato significó grandes cambios para la sociedad mexicana. Todos los esfuerzos hechos tenían como única finalidad el progreso, y gran parte de las instituciones que nos rigen hoy fueron creadas durante ese período. Pero no todos los proyectos tuvieron resultados positivos, ya que muchas veces eran abandonados posteriormente de ser inaugurados y existía una deficiente administración de éstos. Uno de los más alusivos ejemplos de esta negligencia y abandono fue el Manicomio General "La Castañeda", que en sus inicios fue un símbolo progresista y poco a poco fue convirtiéndose en lo que terminó como 'El palacio de la locura'.
La idea del nuevo hospital para enfermos mentales pretendía ofrecer a sus moradores una mejor calidad de vida. De esta manera, en pleno progreso porfiriano, los terrenos de La Castañeda fueron adquiridos para construir en ellos el más moderno de los manicomios, siguiendo el modelo francés que fuera instituido por Napoleón Bonaparte. Se construyó así un sanatorio moderno, con capacidad para 1200 enfermos; los internos fueron repartidos en 24 edificios, divididos en 2 pabellones, en un área total de poco más de 140 mil metros cuadrados. Fue inaugurado en 1910 por el entonces presidente Porfirio Díaz, como parte de las celebraciones por el primer Centenario de la Independencia de México.

El Manicomio General La Castañeda inició su vida pública en medio de las fanfarrias, el 1.º de septiembre de ese año. En sus patios y pabellones, en sus talleres y jardines, bajo las sombras de sus castaños, ahí se escribió una historia alterna de la modernización mexicana.
La atención de los pacientes estuvo bajo la supervisión de reconocidos doctores, como Eduardo Liceaga (amigo íntimo del presidente y precursor de la psiquiatría en México), Miguel Alvarado, José Govantes, Samuel Morales Pereyra y Antonio Romero; entre otros, quienes como parte de la comisión médica, coincidieron en expresar sus observaciones acerca de lo que debería tener un Manicomio General. La resolución se tomó durante el Congreso Médico Panamericano, en agosto de 1896.

De acuerdo con el proyecto original, el hospital estaba organizado con un departamento de 'admisión y clasificación' (como se denominaba en la época), un pabellón de Servicios Generales que contaba con la Dirección General, teatro, biblioteca, farmacia y equipo de fotografía, cocina, lavandería, panadería, talleres, baños y cuarto de máquinas. Los pabellones para los enfermos estaban divididos bajo una curiosa clasificación: "distinguidos, alcohólicos, tranquilos, peligrosos, epilépticos, imbéciles e infecciosos".
Los establos y la morgue se encontraban en la parte final de la construcción, con entrada independiente que permitía el libre acceso a los practicantes de medicina, todo esto rodeado de una gran extensión de bosque y amplios patios con jardines.

Una función secundaria del hospital -pero no por ello menos importante-, fue proporcionar la enseñanza médica mediante la participación de las clínicas de psiquiatría dentro de sus pabellones, mucho antes de que ésta fuese instituida en los medios universitarios.
Desde el principio, también se consideró que el lugar debía estar apartado para garantizar la tranquilidad de los pacientes y la seguridad de la población, lejos de griteríos y posibles contagios "ya que violaría las reglas de higiene establecidas […] sin pantanos, sin focos de infección, con plantaciones y árboles que amenicen el lugar, agua en abundancia, tierra fértil y lo suficientemente extenso para garantizar hectárea y media para cada 100 pacientes".

El manicomio cumplió con creces los objetivos trazados, aunque pasados los años se tomó la decisión de renovar el proyecto hospitalario de la psiquiatría en México y se construyó otro edificio, acorde a las nuevas necesidades.
De la construcción original actualmente sólo queda la fachada principal, conocida como el pabellón de Servicios Generales, la cual fue trasladada piedra por piedra al municipio de Amecameca, lugar donde ahora adorna la sede conventual de la organización religiosa de los Legionarios de Cristo.

UN MAL SUEÑO PARA LA PSIQUIATRÍA MEXICANA


Según algunos historiadores, La Castañeda no constituye más que 'un mal sueño' en el ámbito de la psiquiatría mexicana, por el mal cuidado que recibían los pacientes, la negligencia médica que sufrían, las terribles condiciones sanitarias e incluso por ser víctimas de tortura. La construcción estaba diseñada para albergar a 1500 pacientes y tenían a más de 3500 atendidos por un muy deficiente cuerpo médico, lo que hizo que se convirtiera en un lugar de sufrimiento.
Durante los primeros años sólo se recibían pacientes con avanzadas enfermedades mentales, como esquizofrenia, pero al paso del tiempo comenzaron a recluir también a reos de cárceles, prostitutas, epilépticos, sifilíticos, alcohólicos e incluso a indígenas bajo la excusa de que eran inadaptados sociales. El caos que había ahí dentro provocó que se cometieran crímenes de todo tipo como robos, violaciones y asesinatos. Algunas personas lo describían como 'las puertas del infierno'.

El maltrato que recibían los pacientes era vergonzoso. Los discriminaban y despreciaban a tal grado que los pabellones recibían nombres como 'El pabellón de los imbéciles' o 'El pabellón de los idiotas'. También es famoso por los extremos métodos de tortura a los que eran sometidos: se hacía un uso excesivo de los electroshocks, tanto que los pacientes quedaban completamente inconscientes; cuando se consideraba que un paciente tenía un comportamiento inapropiado, los bañaban con agua helada e incluso los encerraban por días en sitios húmedos y llenos de ratas, es por esto que La Castañeda es un episodio que pretende ser borrado de la historia mexicana.
        El presidente Díaz Ordaz ordenó la demolición de La Castañeda el 29 de junio de 1968, pocos meses antes de la matanza de Tlatelolco, para que este infame establecimiento no causara alboroto en las olimpiadas. La mayoría de los pacientes fueron albergados en otros centros de salud a lo largo de la República Mexicana, y la fachada fue trasladada piedra por piedra a Amecameca por Arturo Quintana, donde hoy resguardan a un convento.

        A pesar de las infamias cometidas en este lugar, es considerado como 'la cuna de la psiquiatría mexicana' y gran parte de la medicina de nuestro país se debe a ese período. No obstante de ser poco conocido, el manicomio conmocionó a periodistas, investigadores y artistas.
         Después de derrumbado el viejo edificio porfiriano del Manicomio General La Castañeda, con todo y su historia, pasó a formar parte de la 'capital de la nostalgia'.

sábado, 24 de agosto de 2019

EL MITO DE SÍSIFO EN LA FILOSOFÍA DEL ABSURDO Y EL EXISTENCIALISMO. SU PARALELISMO METAFÓRICO CON A. CAMUS

    Todos somos 'Sísifo', han dicho. Sísifo había sido inexorablemente condenado por los dioses a realizar una actividad absurda. Albert Camus (1913-1969), escritor y pensador existencialista formado bajo el influjo de Schopenhauer y Nietzsche, recrea este viejo mito griego considerándolo una expresión o metáfora de la existencia humana en la vida moderna.
     "El mito de Sísifo", es un ensayo filosófico de Camus, originalmente publicado en francés en 1942 como Le Mythe de Sisyphe. La obra se abre con la siguiente cita de Píndaro:

«No te afanes, alma mía, por una vida inmortal, pero agota el ámbito de lo posible.»

El título del ensayo proviene de un atribulado personaje de la literatura griega. En él, Camus discute la cuestión del suicidio y el valor de la vida, presentando el mito de Sísifo como metáfora del esfuerzo inútil e incesante del hombre. En ese sentido, plantea la filosofía del absurdo, que mantiene que nuestras vidas son insignificantes y no tienen más valor que el de lo que creamos. Siendo el mundo tan fútil, el filósofo pregunta, ¿qué alternativa hay ante la disyuntiva y el conflicto de dar término a la vida? De esta forma, el análisis se inicia con el planteamiento de un problema filosófico realmente importante: el suicidio.

SÍSIFO CONCEBIDO EN LA MITOLOGÍA GRIEGA


Sísifo, dentro de las representaciones míticas de Antigua Grecia, hizo enfadar a los dioses por su extraordinaria astucia. Como castigo, fue condenado a perder la vista y a empujar perpetuamente un peñasco gigante montaña arriba hasta la cima, sólo para que volviese a caer rodando hasta el valle, desde donde debía recogerlo y empujarlo nuevamente hasta la cumbre y así indefinidamente.
Él era un rey de Corinto y su mujer se llamaba Merope, y era una de las Pléyades. Una vez, estaba Sísifo recostado junto a su palacio y vio en los aires un águila grande y hermosa que llevaba en sus garras una mujer joven, y estaba a punto de aterrizar en una isla cercana. Entonces se apareció el dios Asopo, que era el padre de la joven y le preguntó que si había visto pasar a Zeus convertido en águila con su hija en las garras. Sísifo le dijo que sí y le indicó la isla en la que aterrizó.

Asopo fue allí, pero Zeus lo espantó con un rayo. Zeus se dio cuenta que Sísifo le había dicho a Asopo dónde se encontraba y lo envió para el Hades a cumplir una sanción.

Cuando Sísifo se vio muerto, le dijo a Merope -su mujer- que no le enterrara, que se comprometía a regresar vivo. Llegó al Hades y se presentó donde Proserpina y le dijo que él no tenía porqué estar allí, ya que no le habían enterrado, que le dejara volver a la Tierra para que le hicieran los funerales y que después volvía.
Proserpina le dejo ir, pero Sísifo no volvió y se quedó viviendo en la Tierra. Zeus se enteró de esto y ordenó a Mercurio, el mensajero de los dioses, que lo remitiera de nuevo para el Hades a cumplir su condena. El castigo era empujar una piedra muy grande y pesada hasta la punta de una colina, pero cuando llegaba allí la soltaba y empezaba a correr para abajo y la piedra detrás como a aplastarlo, pero nunca lo alcanzaba; cuando llegaban abajo, volvía a repetir la misma tarea.

De aquí, el dicho de la piedra de Sísifo para los trabajos interminables y repetitivos.

ALBERT CAMUS Y SU ABISMO ABSURDO Y EXISTENCIALISTA


Camus, desarrolla la idea del 'hombre absurdo' o con una 'sensibilidad absurda'. Es aquél que se muestra perpetuamente consciente de la completa inutilidad de su vida. También es aquél que, incapaz de entender el mundo, se confronta en todo momento a esta incomprensión. El hombre rebelde será, por lo tanto, aquél que se encuentre en cada instante frente al mundo: "El rebelde no niega la historia que le rodea y trata de afirmarse en ella. Pero se encuentra ante ella como el artista ante lo real, la rechaza sin eludirla. Ni siquiera durante un segundo hace de ella un absoluto".
Para explicar su teoría, Camus se basa en una ética de cantidad, no de calidad, que acumule el mayor número de experiencias. Esta 'eterna vivacidad', este eterno confortamiento con el absurdo mediante el mayor número de experiencias, es justamente lo que daría sentido a no renegar del absurdo. En este punto, Camus muestra cómo su existencialismo no promueve el quietismo y la pasividad ante el absurdo. Aceptar el absurdo, afirma, es la única alternativa aceptable al injustificable salto de fe que constituye la base de todas las religiones (e incluso del existencialismo, que por ende Camus no aceptaba completamente). Aprovechándose de numerosas fuentes filosóficas y literarias, y particularmente de Dostoievski, Camus describe el progreso histórico de la conciencia del absurdo y concluye que Sísifo es el héroe absurdo definitivo.

En su ensayo, Albert Camus afirma que Sísifo experimenta la libertad durante un breve instante, cuando ha terminado de empujar el peñasco y aún no tiene que comenzar de nuevo. En ese punto, Camus sentía que Sísifo, a pesar de ser ciego, sabía que las vistas del paisaje estaban ahí y debía haberlo encontrado edificante: "Uno debe imaginar feliz a Sísifo", declara; por lo que, aparentemente, lo salva de su infortunio suicida.

Camus es un escritor que parte de la existencialidad que tiene la existencia como algo dado y que sólo acepta eso como punto de partida para que el hombre pueda resolver la única cuestión de importancia vital, a saber: si es que vivir merece o no la pena, si es que efectivamente puede tener sentido el ser hombre.​
La obra se cierra con un apéndice sobre la obra de Franz Kafka, interpretada finalmente de manera similar, en términos de un esteticismo; a su modo, esperanzador.

El mito de Sísifo se forja como una metáfora, describiendo todo lo que abruma a los hombres hoy en día, así como a Sísifo y diferentes héroes antiguos a soportar las diferentes pruebas o castigos a los que eran impuestos para conseguir libertad o ser acreedores a ciertos beneficios; en el mundo contemporáneo serían los diferentes sentimientos y probanzas que la vida pone enfrente y la manera en que el hombre comienza o está dispuesto a superarlas, con la propia convicción de saberse el único con el poder para hacerlo.

El existencialismo presente en El mito de Sísifo, nos presenta la capacidad de elección en la toma de decisiones individuales que confieren a cada persona encontrar el sentido a su propia existencia. Es una alerta a la conciencia.
Camus intenta una reconstrucción por vía del análisis de signos de la vida contemporánea. En él, el vínculo entre filosofía y literatura responde al esfuerzo por sensibilizar al hombre contemporáneo, frente a la urgencia de emprender una re-invención de la civilización; al tiempo que da cuenta de su pensamiento de que el hombre absurdo, por excelencia es creador.

¿Por qué fue condenado a empujar incesantemente una roca hasta la cumbre de una montaña? Cuando estaba a punto de morir, quiso poner a prueba el amor de su mujer, ordenándole que no enterrara su cuerpo sino que lo abandonara. Sísifo murió, y ella obedeció la orden tan contraria al amor humano; ya en el Hades o infiernos, obtuvo el permiso para volver a la Tierra momentáneamente, para castigar a su mujer. Pero de nuevo en el mundo de los vivos, el astuto Sísifo se vanagloriaba del éxito de su estratagema, manifestando a todo el mundo que no tenía intención de volver a los infiernos. Así, "durante muchos años más vivió ante la curva del golfo, la mar brillante y las sonrisas de la Tierra". Pero, cumpliendo un decreto divino, lo tomaron por el cuello y lo devolvieron a la fuerza a los infiernos, donde ya habían preparado su fatalidad y su roca.

         Los dioses habían condenado a Sísifo a empujar sin cesar esa roca hasta la punta de una montaña, desde donde la piedra volvería a caer por su propio peso. Habían pensado, con algún fundamento, que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza.
Toda la alegría silenciosa de Sísifo consiste en eso. Su porvenir le pertenece. Su roca es su cosa. Del mismo modo el hombre absurdo, cuando contempla su tormento, hace callar a todos los ídolos. En el universo vuelto de pronto a su silencio, se alzan las mil pequeñas voces maravillosas de la Tierra. Llamamientos inconscientes y secretos, invitaciones de todos los rostros constituyen el reverso necesario y el premio de la victoria. No hay sol sin sombra y es necesario conocer la noche. El hombre absurdo dice que sí y su esfuerzo no terminará nunca. Si hay un destino personal, no hay un destino superior; o por lo menos, no hay más que uno al que juzga fatídico y despreciable. Por lo demás, sabe que es dueño de sus días. En ese instante sutil en que el hombre vuelve sobre su vida, como Sísifo vuelve hacia su roca; en ese ligero giro, contempla esa serie de actos desvinculados que se convierten en su suerte, creada por él, unida bajo la mirada de su memoria y pronto sellada por su muerte. Así, persuadido del origen enteramente humano de todo lo que es humano, ciego que desea ver y que sabe que la noche no tiene fin, está siempre en marcha. La roca sigue rodando.

Sísifo al pie de la montaña, siempre vuelve a encontrar su carga. Pero enseña la fidelidad superior que niega a los dioses y levanta las rocas. Él también juzga que todo está bien. Este universo, por siempre sin amo, no le parece estéril ni fútil. Cada uno de los granos de esta piedra, cada trozo mineral de esta montaña, llena de oscuridad forma por sí solo un mundo. El esfuerzo mismo para llegar a las cimas, basta para llenar un corazón de hombre.

Volver al pie de la montaña y reanudar el camino hasta la cumbre, es una representación del constante recomenzar de muchas actividades humanas. Cuando dominamos un procedimiento o un arte, éste ya está obsoleto. Cuando con esfuerzo hemos logrado la satisfacción de un deseo, renace uno nuevo. Es necesario reconquistar constantemente valores como la libertad, la democracia, la autenticidad.
El absurdo. Gran parte de nuestra vida está fundamentada en la esperanza en el mañana, a pesar de que el mañana nos acerca más a la muerte. Las personas viven como si no tuvieran la certeza de la muerte. Una vez despojado de sus romanticismos comunes, el mundo es un lugar extraño e inhumano. Pero hace falta imaginar a Sísifo feliz. La toma de conciencia de la propia condición y el no optar por el camino fácil de la sumisión, es lo que puede colmar el corazón de un ser humano. La ética de Camus es la ética de la lucha, el esfuerzo y la revuelta... Y desde el momento en que se le reconoce, el absurdo se convierte en una pasión, en la más desgarradora de todas.