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jueves, 10 de octubre de 2019

¿TE HAS SENTIDO HABITAR EN UNA PECERA? EL PSICOANÁLISIS DE ESTAR A LA VEZ EN RECLUSIÓN, PROTECCIÓN Y EXHIBICIÓN

        Hay toda una filosofía inmersa sobre la belleza y el amor hacia las cosas pequeñas y la magia en lo efímero de los momentos, para algunos, simples e insignificantes. Cuando los seres humanos crecen y se hacen más racionales, cuando se es ferozmente consciente de lo absurdo de la vida y de la vacuidad del mundo, la acomodada fauna adulta que la rodea, habita -según algunas apreciaciones- en peceras. "Aparentemente, de vez en cuando los adultos se toman el tiempo de sentarse a contemplar el desastre de sus vidas. Entonces se lamentan sin comprender y, como moscas que chocan una y otra vez contra el mismo cristal, se inquietan, sufren, se consumen, se afligen y se interrogan sobre el engranaje que los ha conducido allí donde no querían ir". Su realidad tiene una gran similitud con la de un pececito. En ese sentido, la pecera podría ser definida como un espacio en el que se está recluido, protegido y exhibido de forma simultánea y paradójica. Señala como metáfora esa limitada, pequeña, rutinaria y encapsulada existencia social, que es al mismo tiempo segura, aislada e interminablemente expuesta a la mirada y al control de los demás.
Es esa cotidianidad tensionada por todo tipo de mandatos, modelos y arquetipos colectivos y sociales que horroriza. Ser un buen ciudadano, ser una buena madre, ser un buen hijo, ser un buen empleado; ser una persona moral y políticamente correcta, en un entorno generalmente disfuncional. Hay quien no se resigna a aceptar esa determinación patética y compelida a cumplir el destino 'que está escrito en la frente', lo que sucede de manera inevitable a la gente en su paso a la adultez. Lo inexorable y previsible, seguro y asegurado, repetitivo y aburrido de la vida que hace sentido común y automatismo.

"Sé que el destino final es la pecera, pero lo que es cierto es que a la pecera no voy a ir".
Mientras tanto, constantemente alguien filma la travesía en la búsqueda y construcción del sentido de la vida y de la muerte -ambas circunstancias aparentemente contradictorias- con su pequeña cámara mental, para dejar documentado lo insulso de la existencia… La suya, la de todos.

LA CUEVA, COMO ANTÍTESIS DE LA PECERA


Hay quien habita… no en una pecera, más bien su negativo: una cueva. El escondite perfecto. Tras la fachada de un ente hosco y amargado, puede esconderse una delicada sensibilidad apasionada. Algunos han armado su diminuto orbe donde pasan horas y horas en introspección y razonamiento, mientras intentan despistar a los demás. No quieren que nadie ni siquiera lo imagine. Cultivan el bajo perfil extremo. Ellos se esfuerzan en la discreción y en producir su propia insignificancia, con la minuciosidad de un orfebre.

"Por fuera está cubierta de espinas, es una auténtica fortaleza. Pero pienso que por dentro es tan refinada como ese animal engañosamente indolente, tremendamente solitario y terriblemente elegante".
         Las personas se esconden todo el tiempo. Tienen varios escondites, pero para la mayoría su cuarto donde gira su secreto universo, es su preferido. La pecera y la cueva son simétricas y opuestas, casi contrapuntísticas. Las dos igualmente limitadas, cerradas, protegidas tienen sin embargo potencialidades y tensiones diferentes. La pecera es vidriera, exposición y espectáculo mientras que la cueva implica escondite, intimidad y silencio. La cueva es, tal vez, el negativo de la pecera, dado que es -si se permite el oxímoron- una pecera que se oculta a la mirada. En la pecera, al estar expuestos permanentemente, se deben cumplir perentoriamente con los estereotipos sociales. En el escondite, por el momento, se puede desplegar el deseo. En su cueva hacen sus planes, trazan dibujos y escriben sus máximas filosóficas. Otros leen incansablemente, escuchan Mozart y disfrutan películas japonesas de culto. Pero el escondite no deja de ser una cárcel: todo lo que protege también aparta de la vida. El escondite, tanto como la pecera, son buenos lugares para que la vida no te alcance. Buenos espacios de inmunización donde lo extraño, lo diferente, lo conflictivo, lo contradictorio, lo antagónico, lo excesivo, lo violento; lo que corrompe o transforma, no tiene lugar. Espacios donde todo lo exterior que puede contagiar o alterar permanece detenido en la frontera.

Las peceras y las cuevas se multiplican en la contemporaneidad. Se trata de conjurar y exorcizar todo el mal exterior, pero resta decidir qué hacer con el mal interior. El gran problema de las peceras y de las cuevas son los propios desechos, el detritus. Un pececito tiene escapadas semanales al fregadero para cambiarle el agua del habitáculo y que no se intoxique con sus residuos. ¿De la misma manera se asiste semanalmente a las sesiones con el psicoanalista? ¿Es una estrategia para mantener la homeostasis en la cajita de vidrio? ¿Es el psicoanálisis una forma de tratamiento del detritus, un sistema de desagüe cloacal de la vida? Ello supone una crítica interesante al psicoanálisis. Si se lleva una década analizándose, consumiendo ansiolíticos, amando el champán y hablándole a las plantas tres horas por día; entonces se denuncia el vínculo que puede haber entre esas prácticas: análisis, ansiolíticos, hablar con las plantas, una vida vacía… ¿Hay algo del análisis que no funciona? ¿O hay un cierto funcionamiento del análisis que sostiene esa situación?
Al respecto, se remata con una frase lapidaria: "El psicoanálisis compite con la religión por el amor de los sufrimientos que perduran". En algún sentido el psicoanálisis es lo opuesto a la religión, su convicción desidealizadora suele estar fuera de discusión. Es ya un lugar común decir que en el diván del psicoanalista se apaciguan las culpas, se pacifican las pasiones y se desinflan los ideales. En realidad, podría arriesgarse a pensar que no se trata de creer en Dios o en Lacan sino de… no creer. Dado que se empareja en cierto sentido la religión con el psicoanálisis, aquí la definición lacaniana de religión: "La religión fue pensada para curar a los hombres, es decir, para que no se den cuenta de lo que no anda". Maravillosa sentencia, sin olvidar, claro, aquella de Marx: "La religión es el opio de los pueblos". 'Lo que no anda…'; tratemos de dibujar el horizonte de compresión de esta expresión.

En la pecera las cosas andan, en la cueva -a su manera- también. Ambas son parte del mundo. El problema es lo in-mundo. "Lo que anda es el mundo, lo real es lo que no anda". (Lacan) y el análisis trataría de tocar algo de lo real. Con lo real el psicoanálisis quiere nombrar el sin-sentido, la angustia, el trauma, lo siniestro, lo Umheimlich, las pulsiones ciegas que desbordan todo esfuerzo de comprensión, la locura, la perversión, el vacío, lo desplazado, lo negado de lo simbólico, lo que no tiene lugar en este mundo. No obstante eso siniestro, esas pulsiones, esa angustia, esa locura, esa perversión no son 'lo otro' de lo humano. Son dificultades, características. Dificultades graves, pero dificultades al fin. Son características difíciles de llevar, muy pesadas algunas, pero no son del otro mundo, no son el abismo final, no son el infierno tan temido.
Por otro lado 'lo que no anda' no sólo se manifiesta en forma de angustia, desborde o locura individual; sino también en la exclusión, la segregación, el racismo, la pobreza, la dominación, la explotación. Lo expulsado de este mundo, es una multitud de voces disonantes, de diferencias 'peligrosas', de contradicciones que preferimos no ver. Lo que no anda es lo que el cerco ideológico ha dejado afuera, lo que la frontera de la controlada crueldad y la resbaladiza tolerancia moderna ha excluido y mantenido lejos de lo pensable, lo imaginable, lo deseable. Lo que no anda es la clausura de alternativas a una vida consumida en el consumo, esa vida típicamente contemporánea. Si la religión opera para 'no darse cuenta de lo que no anda', ¿no opera el psicoanálisis, a veces, en la misma dirección? ¿No funciona tantas veces la visita al consultorio como las visitas semanales del pececito al fregadero: para cambiar el agua y que no se intoxique con sus propios desechos? Limpiar el recipiente no es poco, pero parece haber una distancia notable.

Si la modernidad se ha caracterizado por la racionalidad instrumental y por el individualismo atomístico, el psicoanálisis se ha encargado de apuntar dardos filosos y certeros contra esa racionalidad instrumental. Si la pecera y la cueva están definidos por un adentro y un afuera, lo importante en su planteo es problematizar la existencia misma del adentro y del afuera, cuestionar la existencia originaria del individuo y su entorno de la persona y sus dificultades. Es la centralidad del individuo lo cuestionado. Si esto es así, quizá ya no se trate de esforzarse por estar lo más cómodo posible adentro (incluyendo la limpieza semanal de la pecera) sino de salir de la cápsula y del paradigma. Esta orientación entraña entender que el inconsciente no es lo que está en nuestra más íntima profundidad, sino por el contrario, lo más exterior: el inconsciente está afuera. Se tiene que tener fe en el individuo para creer que cada uno tiene un inconsciente y que el inconsciente es propiedad privada del individuo. En realidad nadie tiene un inconsciente; en todo caso somos tenidos por él. El inconsciente es eso que todos ven, menos -obviamente- uno/una mismo.
Es entonces la existencia misma del afuera y del adentro lo que hay que problematizar y el pez en su pecera, se convierte desde esta perspectiva, en el protagonista. Hacia el final, el pececito muere, y entonces va a parar -desechado- al inodoro y, reaparece en otro inodoro, en la planta baja, vivo y renacido. No hay adentro ni hay afuera ahí. Pasamos de la vida a la muerte y de la muerte a la vida, de inodoro a inodoro, y de allí de vuelta. Quien empieza a contar su historia al comienzo, después de muerto sigue contando sus sutiles y bellos pensamientos frente a una docena de ojos que lo miran muerto. Quien estaba saliendo de la pecera y del escondite, estaba disponiéndose a amar.

"Lo importante no es cuándo morimos, lo importante no es si antes o después, sino lo que estamos haciendo en el momento en que nos encuentra la muerte".
La alternativa está "entre la pecera y perseguir las estrellas". Podemos pensar este 'perseguir las estrellas' como una metáfora de amar, sin duda. Encontrar la salida al sinsentido de la vida no es ajeno al horizonte de comprensión común psicoanalítico. Sin embargo, es sintomático que no se perciba tan frecuentemente una alternativa.  Podría definirse un fin de análisis, como el proceso donde se está parcialmente al corriente de que lo inconsciente nos preexiste y nos constituye. De que somos minúsculos atolones de conciencia en un océano de inconsciente.

Entonces, frente a la pregunta: ¿quién cree en el psicoanálisis?, podría responderse que no se trata de creer… ni de reventar, sino de pensar. No se trata del cielo prometido ni del infierno tan temido, sino de la implacable y minuciosa, de la peligrosa y refrescante, de la corrosiva y liberadora labor de la pregunta. No se trata de poner en juego las cuestiones de la fe, sino de no desistir en la pregunta del por qué. Dentro y fuera de la pecera, se percibe con mayor nitidez el absurdo cotidiano. Pero lo que no consideraron, es que exceptuando a algunos peces que están hechos para la libertad, hay muchos que literalmente morirían fuera de la pecera.

martes, 11 de junio de 2019

ORÁCULO DEL AHORCADO. LA EPISTEMOLOGÍA DE UNA VIDA ASFIXIANTE

         Toda legitimación se remite a la propia condición humana. Sin embargo, la remisión a esa condición humana no implica necesariamente la remisión al umbral del Creador, sino que se paraliza en la consideración de la persona. Se dice que la ideación suicida debe ser tan antigua como la existencia humana. Los primeros textos abundan en referencias a los actos suicidas o a los claros deseos de muerte. La Biblia, por ejemplo, registra una decena de suicidios.

En la antigüedad no era raro el suicidio, según se desprende de los registros históricos. Los escritos, los mitos, los poemas y las tragedias ilustran también acerca de las prácticas suicidas, las ideas de muerte y las actitudes sociales hacia la terminación de la vida por la propia mano. Y toda teoría alrededor ha tenido una poderosa influencia sobre las ciencias sociales, la ciencia política, el derecho; lo moral y lo religioso, desenvuelto todo ello en una sociedad galopante.

"Preferiría mi alma el estrangulamiento, la muerte más que mis dolores".
________
*Del Libro de Job

Particularmente, en la vida del ahorcado se denota un hecho de depresión muy existencialista de lo que existe, lo que es y; en sí, lo que los demás son, pero más aún de todo lo que nos rodea. Un ahorcado posee una simpleza existencial que arrastra consigo su frustración al hecho melancólico de su vida y claramente, el modo de reflexionar sobre su pensar, objeta la expresión disconforme haciendo una indagación profunda por querer delimitar su propio ser y de tal modo verificar su sentimiento más triste: acentuadamente su egoísmo y esa precariedad de una pasión por vivir, con una visión equivocada sobre su propio yo.
En consecuencia, puede vislumbrarse el potente procedimiento mental donde las características revelan una suerte de imagen que encuentra sentido: se trata de un instante, donde un ser humano está suspendido en la horca y alcanza a mirar lo que le rodea al tiempo que la cuerda que lo sostiene lo mueve caprichosamente; un instante en el que también recuerda lo que ha sido su vida y en el que, justo antes de morir, puede experimentar ese suceso compartido por todo ser humano.

Al tiempo, quizá, el lanzamiento de proclamas y manifiestos donde se expresan los sentimientos, las emociones, las intenciones; entonces viene la definición de declaración de principios, hacia el hipotético receptor y la persona en sí.

--*-- O D I O --*--

"Quiero entenebrecer la alegría de alguien.

Quiero turbar la paz del que esté tranquilo.

Quiero deslizarme calladamente en lo tuyo, para que no tengas sosiego; justamente como el parásito que ha tenido el acierto de localizarse en tu cerebro y que te congestionará uno de estos días; sin anuncio ni remordimiento".

En el retrato del hombre contemporáneo, hay un estado de represión interna. Un sentimiento trágico de la vida del que una persona se ve encarcelada dentro una angustia existencial por causa de sus miedos particulares y la presión social, lo que lo lleva a poner punto final a un absurdo existencial; por medio de la muerte, a fin de otorgarle sentido al sinsentido de la vida. Entonces sopesan en el hombre, las relaciones del yo con el mundo y del yo consigo mismo. De modo que son los temas centrales de la filosofía existencialista: ser para el mundo, ser con otros y ser para la muerte.

Ya luego, la conciencia breve se desvanece en la nada, que significa la muerte espiritual y física. La vida del hombre es precaria, finita, siempre insegura, proyectada continuamente hacia un porvenir lleno de riesgos y hacia la seguridad de la muerte. El ser humano es ambiguo y contradictorio: puede ser protagonista de acciones de noble desprendimiento, pero también, en el fondo de su corazón, anida el egoísmo y la maldad. Parece ser axioma fundamental el de que la verdad habita en el interior del hombre. Entonces se indaga al hombre y para lograrlo, se recurre a todos los instrumentos que lo permitan sin la preocupación demasiada en la coherencia para plantear, en este caso, que mediante el suicidio se pone punto final a un absurdo existencial a fin de otorgarle sentido a aquello que parece no tenerlo.

        De  esta forma, la autenticidad humana no se busca en la rutina; sino en las situaciones-límite en las que el yo se forja y se pone a prueba y, de ninguna manera, por el mero hecho de estar viviendo instintivamente. Por otro lado, la configuración de la angustia, es una señal de alarma que avisa de alguna situación de posible fracaso existencial -o de una opción errónea- que podría conducir hacia una existencia hueca y sin sentido.

Entonces un rasgo más de la modernidad, es la visión anti-romántica y escéptica del mundo existencialista. Se plantea la cuestión sobre el sentido del ser ahí de su tiempo. Se emprende una indagación metafísica sobre el hombre -o ser con otros y ser sí mismo-, en el corazón de una ficcionalidad marcadamente existencialista; cuyo signo visible es precisamente esa modernidad que ha hecho objeto de la vida vivida y que, por consiguiente, vale como expresión genuina de la vida del hombre. Pero lo vemos abordado con un aspecto estructural, en donde lo ficticio se esconde en lo real: los sueños se entrecruzan con las vivencias ordinarias, las más desaforadas fantasías cohabitan con la cotidianidad más palpable; constituyendo eso, lo que el ahorcado usa para proyectar un mundo desintegrado, desquiciado, impregnado de pesimismo existencialista. Por ende, lo que se pone de manifiesto son las tendencias agonizantes del romanticismo, el modernismo y el realismo, respectivamente.

Lo anterior resulta muy relevante, porque persiste un conflicto y una premeditada distinción entre realidad, real y realidad imaginaria; en orden a alcanzar afanosamente una mayor fidelidad con la vida del hombre, como lo corrobora. Un tema que se maneja a partir de la inestabilidad, del desorden y la contradictoriedad que produce en tiempos actuales una exhortación a la reflexión de una razón práctica de lo que nos rodea en el tiempo y espacio.

"Ahora bien: en este momento yo he despertado. Fue así de improviso, como hacer luz, como apagar la luz. Estiro la pierna, amigo mío, y veo en donde he despertado. Éste es un cubo parecido a aquel en que todos los hombres despiertan. Se puede ver aquí medianamente. Ya es de día. Ya es la hora de ayer, compañero. Está todo en su sitio.

Pero los párpados vuelven a cerrárseme, pero ya es la hora de ayer."

 *Referencias amplias al mismo sitial de su forma de ver la vida, tan aburrida y depresiva. "Vida del ahorcado" (novela subjetiva) de Pablo Palacio. (Loja, Ecuador 1906-1947).

"Yo estaré aquí a mi manera y os encerraré en este cubo que tiene un sitio para cada hombre y para cada cosa.

Estoy viviendo la transición del mundo. Levántate, enciende algo, que estás retardando el equilibro definitivo del mundo".
El ser es vulnerable y lleno de conflictos en los que no hay esperanza de sobresalir de esa tiniebla que lo envuelve. La sensación de angustia que posee, lo debilita personalmente en muchos sentidos e influye en no poder proyectarse más allá de lo normal.

Pero con todo, a veces ni el dolo de quien intente adentrarse es suficiente para describir cómo se siente alguien a un paso de la horca, tratando de desencadenar un sinnúmero de angustias existenciales: la melancolía, las frustraciones y los desequilibrios que tras sus pensamientos ha impuesto en su existencia. Finalmente, la fundamentación es una realidad imaginaria que se prescribe muy imponentemente, en una vida infausta en la que se proyecta de tal modo que todo lo que lo circunda es malo. Lo que conlleva un desgarrador desenlace atentando contra la propia vida.

Lo más importante, reflexionar acerca de un posible sentido de crear una estructura cíclica; que sería que esa vida del ahorcado no pertenece a un hombre en particular, sino que se crea la idea de que todo ser humano es -en sí mismo-, un ahorcado.

"Entonces tuve por más felices a
los muertos, porque ya están muertos, 
que a los vivos, porque viven
todavía; y consideré más feliz aún
al que todavía no ha existido, 
porque no ha visto las infamias que se
cometen bajo el sol".
________
         *Del Libro Eclesiastés.