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viernes, 28 de junio de 2019

LA EROTECA: NUESTRA FANTASÍA ESPORÁDICA EN EL METRO… "VEN, TE ESPERO EN EL ÚLTIMO VAGÓN"

Fui yo quien se lo pidió a él. Un día de la nada, le dije que hiciéramos una locura en el metro de mi ciudad y él sólo accedió con una sonrisa de asombro.

En fin, le dije para comenzar el contexto: "mira, sabes que siempre quise ser acosada por un hombre en un autobús, o que me manoseara un hombre en el metro; pero nunca pasó, muchas veces salí sin ropa interior y hasta llegué a mostrar algo, pero sólo había puritanos". Y ambos reímos tanto por mi ocurrencia.
En siguientes y sucesivos días, seguí insinuándole mi deseo y continuamos con nuestras charlas, hasta que en un momento entrando en nuestro íntimo terreno picante, él me confesó que también quería esa fantasía erótica. Entonces yo para seguirle el hilo, le dije que quería que me follara un desconocido sin que se lo consintiera; con un poco de forcejeo de su lado, con un poco de miedo de mi parte. Y sin dejar de mirarlo tan amorosa y tiernamente, no tuve qué decirle con palabras que deseaba con todo mi coño, que ese desconocido fuera él.

Inesperadamente, en una de sus llegadas a la ciudad, me marca y sin preámbulo me dice:

— Te propongo ir en el metro, a ver qué pasa. ¿Qué dices?

— ¿No es muy temprano?

— No, es justo el momento, salgo ya. Nos vemos en la boca del metro, pero no te conozco ni me conoces, imagina que soy un hombre de los que ves todos los días, pero hoy estás salida. Jajaja.

— Ciao.

Llegué al metro a la parada, me sentía fatal, jajaja; pero, decidí relajarme y dejarme llevar. Ser práctica.

Entré, pagué el ticket; pensé en llegar lo más lejos de ese trayecto, ya saben cómo es de cabrona la mente en estos casos.
Nos encontramos con la mirada. Él me siguió, aún no sentía nada –aunque era mi pareja y me pone hot hasta el full desde siempre-; pero había sí, ansiedad y nervios. Subimos al metro, él entró por la otra puerta, aún no había demasiada gente. Él se sentó de frente a mí, al lado mío había una señora entrada en años y un hombre joven que al parecer era un estudiante. Yo empecé a mostrarle discretamente un poco mi pierna y el hombre del lado me miró de reojo, cosa que a mi novio le gustó. Pensar en ello o imaginarlo, sí que me puso cachonda.

Yo muy puta, con los movimientos del metro movía mis piernas abriéndolas por instantes para que mi novio viera que no tenía bragas y el de al lado observando. Mi novio mirando… eso lo estaba matando. Le pude ver lo empalmado que estaba y yo comenzaba a excitarme más. El hombre volteaba después con descaro, a lo que yo respondí con una sonrisa, pues lo miré a la cara y él también. En eso el hombre, dice:

— Uff, que calor.

— Sí, la verdad sí.

— A dónde vas? Me preguntó el hombre, no sabía que responder.

— Nada, sin rumbo, mi novio y yo hemos peleado y estoy buscando no estar sola.

— ¿Sola, una mujer tan guapa como tú?

— Sí, es que no es fácil.

— Sí, te entiendo, soy soltero y eso a veces es malo, pero cuando tienes suerte, las cosas van mejor que estar mal acompañado.

En ese instante, entró tanta gente al metro que no pude verlo más. Entonces vi que él ya se había levantado, por lo que olvidé la plática con aquel desconocido y también me levanté y comencé a buscarlo.
Había mucha gente y estábamos muy apretados todos. Por fin lo encontré, pero no nos dijimos nada. Me moví, hasta quedar de espaldas a él y aprisionada entre las demás personas. Acomodé mis nalgas a su entrepierna, empezando a notar como una erección que empezaba a hinchar su miembro quería salir de su escondite. Era para volverse locos.

Luego comenzó a sobajearme con uno de sus dedos, aunque noté que comenzaba a sudar y en su pantalón aún se podía ver algún bulto que comenzaba a tomar volumen.

Quizá muchas personas nos miraban, incluyendo aquel hombre de instantes antes, pero cada quien estaba a lo suyo.

— Bajémonos aquí. Te espero en el último vagón.

Salimos de ese vagón intermedio, mi novio me siguió, no me perdía de vista.

Él estaba muy nervioso, bueno, ambos. No había casi gente ya a esa hora, y en cada estación iban bajando. Enseguida que entramos, me empujó contra la puerta contraria a la que se abre, y lo besé deliciosamente. Me repasó la lengua varias veces, me acerqué a su oído y le pregunté:

— ¿Eres un pervertido?

— No, no lo soy tanto.

Comencé a subir mi minifalda.

— Tócame.

Cuando dije esto, él ya tenía sus dedos sobre mí, y no paraba de frotarme; después metió uno de sus dedos en mi vagina y me besaba. En menos de un minuto, tres de sus dedos ya estaban ahí y los subía muy suavemente.

Era el momento, de  nuestro lado ya no había nadie que pudiera mirarnos directamente. Entonces tomé la iniciativa, comencé a desabrocharle el pantalón y saqué su polla, me baje la falda y me puse casi de rodillas. Estaba ya que me corría, pero quería darle tiempo para ver hasta donde me dejaría llegar.

Hice unos movimientos para acelerar su eyaculación, le pedí que me tapara la boca para no gritar. Lo hizo.

En menos de un minuto comencé a sentir calambres por mi cuerpo, estaba a punto de correrme, de no ser él quien se derramó antes sin decirme nada.

Así continuamos la faena, me corrí dos o tres veces, pues me la desencajaba del culo para metérmela en el chocho. Él no se vino ya después, pues su manera tan exquisitamente intensa en que lo hacía siempre, iba a delatarnos.

Y fuimos a casa, donde me dediqué a darle el culo y el chocho para que me lanzara su semen por todos lados, quede prácticamente bañada. Estábamos insaciables.

martes, 18 de junio de 2019

UNA COMPARTICIÓN ANÓNIMA... AQUEL ARDIENTE ENCUENTRO EN CDMX

Eran las cuatro de la tarde en punto y tal como siempre el aeropuerto de la Ciudad de México se encontraba abarrotado. Ella lo esperaba ansiosamente. Él bajó del avión y se dirigió a recolectar su equipaje. Era la primera vez que se iban a encontrar en persona y a pesar de una larga relación previa, de cientos de fotos y citas por videocámara, estaba bastante nervioso. Finalmente llegó el momento. Él salió por la puerta de llegadas nacionales y la encontró justo de frente. Se quedaron congelados unos segundos hasta que al mismo tiempo pronunciaron la misma frase: "Hola, amor". Entonces se fundieron en un abrazo tierno, cariñoso, seguido de un largo y ardiente beso.
— ¿Y ahora qué hacemos? Tengo la tarde libre, mi reunión es hasta mañana a las 11 de la mañana.

— Vamos a comer, ¿qué te parece?

— Muy bien, ¿sabes de algún buen lugar cerca del City Express de Reforma? Ahí es donde me voy a quedar.

— Por ese rumbo hay buenos lugares. Ahorita googleamos algo.

La pareja abordó un Uber y después de un viaje de más de 40 minutos con un ambiente un tanto difícil, ya que se sentían incómodos por él conductor, se encontraban en un bonito restaurante de la Zona Rosa: La Nueva Cuba. La plática fluyó mucho mejor después de comer. Varias cervezas Tecate para él, tres mojitos para ella; finalmente habían alcanzado la misma confianza que se tenían a través de medios electrónicos. Estaban contentos de estar juntos, se besaban con frecuencia, reían, bromeaban, conversaban de cualquier tema con la fluidez de siempre. El nerviosismo y la sensación extraña de encontrarse físicamente había quedado atrás. Platicaban sobre libros, historia, filosofía, arte, poesía… Y ya más relajadamente sobre otras personas, algunos amigos -y otros no tanto- participantes del mismo sitio web donde se conocieron.
El resto de la tarde y parte de la noche se les fue rapidísimo. Alrededor de las diez de la noche pidieron la cuenta. Ella insistió en contribuir con la mitad, pero él no lo permitió. 

— ¿Quieres quedarte y pasar la noche conmigo en el hotel?

— ¡Vaya! ¡Hasta que por fin! Pensé que no lo ibas a preguntar. Sí quiero.

Caminaron tomados de la mano por Reforma. Entraron al Modelorama que se encuentra justo enseguida del City Express y compraron agua, botanas, un doce de Michelob ultra y por supuesto; condones.  Ya en el elevador se besaron todo el recorrido hasta llegar al piso 14, habitación 1409. 
Apenas habían cerrado la puerta y comenzaron a besarse apasionadamente, con unas ganas increíbles de tenerse uno al otro. Se arrancaron la ropa mutuamente y continuaron besándose, y ella rompió en una carcajada cuando él no podía quitarle el bra.

— Jajajajajajaa. Se desabrocha por enfrente, amor!

— Jajajaaja, qué pena.

— No sientas pena, no pasa nada.

Finalmente él logró su objetivo y encontró frente a sí dos hermosos senos redondos, con areolas medianas y pezones pequeños. Los acarició suavemente con sus manos mientras la veía a los ojos. Después se aproximó y con su boca succionó uno de ellos mientras escuchaba el primer gemido de ella, quien llevó su mano a la entrepierna de él, y sin vacilar alguno apretó su pene por encima del pantalón. Entonces fue él quien gimió, intentando reprimirse.

— Crees que no me di cuenta que lo tienes duro desde que entramos al hotel?

— Cuando te abracé en el aeropuerto también, y me esforzaba para que no lo sintieras.

— Pues sí lo sentí, y me gustó.

Continuaron besándose y finalmente él la cargó sujetándola por el trasero y la llevó a la cama. La recostó boca arriba y se acercó a su oído.
— Quiero probarte.

— Hazlo, mi amor.

Entonces con ambas manos retiró lentamente los pantis de ella, que abrió las piernas y expuso su sexo ante él, ya sin ninguna pena. Él comenzó a besar sus muslos por la parte interna, recorriéndolos con su lengua, acercándose rápidamente y en cuanto llegó se sumergió de golpe en el sabor de ella. Escuchó un grito que escapaba mientras sentía los estremecimientos de las piernas de su amada y sus manos revolviendo su cabello.

— Vas a hacer que me venga!

— Vente cuando gustes.

— No, así no, quiero sentirte dentro de mí. Ponte un condón.

Él tomó la caja de los preservativos mientras ella se volteaba, levantaba su trasero y ponía su pecho a ras de la cama. Él se aproximó, la sujetó de la cadera y comenzó a penetrarla. Primero lentamente, después aumentando la velocidad. Ambos gemían tratando de contener sus gritos, hasta que al mismo tiempo explotaron en un delicioso orgasmo, se dejaron caer sobre la cama y se abrazaron y se dieron un largo beso.
Era la primera cópula de lo que terminó siendo una larga noche. Después él se levantó se aproximó al buró y tomó una cerveza.

— ¿Bebé, quieres una Michelob?

— Sí quiero, tráeme una...