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sábado, 28 de septiembre de 2019

LA EROTECA: "UN ENFADO, NUESTRA DULCE RECONCILIACIÓN… HAZME EL AMOR, OTRA VEZ, DESPACIO Y FURIOSAMENTE"

Todas las parejas discuten, todas las parejas tienen problemas; ninguna relación está exenta de malos momentos, de malos entendidos. Tampoco la nuestra. Sin embargo, los años juntos te anclan a una persona; pero lo más importante es saber que esas nimiedades, que esos pequeños errores que todos cometemos no son motivo para tirar por la borda lo que se ha construido. Bien dicen que errar es de humanos y rectificar es de sabios. Así que no hay que darle mayor relevancia a tonterías que, aunque claro, pueden causar pesar y en algunos casos algo de dolor, no son un verdadero motivo para fracturar algo hermoso, como lo es nuestro amor. Es por ello que vale la pena dedicar un tiempo a solucionar disidencias y antagonismos, y seguir adelante caminando unidos. Son nociones que reflexiono mientras estoy recostada en el sofá.
Creo que aquél fue un día extenso para los dos, al menos una tarde larga y exhaustiva emocionalmente. Nunca me ha sido fácil enfrentar las situaciones emocionales, pero decidí no dejar que mis taras mentales me consumieran. No vale la pena. Me veo en el espejo y tengo el rostro enrojecido, no puedo soltar un par de lágrimas sin que mi cara se convierta en un poema. Ambos hemos levantado la bandera de la paz, hemos hablado y dado por zanjado el tema, pero la tensión aún es palpable. Después de un rato dándonos un tiempo fuera, entras a la sala, te sientas junto a mí apoyándonos en el respaldo del sofá y nos miramos sin decirnos nada, sólo una risa tenue que rebaja la presión. Los minutos pasan y seguimos uno al costado del otro. Me vuelves a sonreír y extiendes tu mano colocándola entre la distancia que separa nuestros cuerpos, esperas expectante mi reacción. Te sonrío a medio lado, aproximo mis dedos hasta tu mano y los atrapas con fuerza y determinación. Hay silencio, escucho nuestra respiración, igual podría jurar que puedo sentir el latir de tu corazón.

Supongo que la siguiente acción es la adecuada, la justa y la necesaria para dar por terminado realmente el conflicto. Me siento a horcajadas sobre ti. Me atraes lo más que puedes y me estrechas tanto que me cuesta un poco respirar. Puede que en ocasiones no sé lidiar con las emociones, y menos en mi caso, que soy un completo torbellino de sentimientos. Me sigues arropando con tus brazos, cubriendo mi figura, es como si quisieras fusionarte conmigo. Yo también lo necesito. Cuando por fin luego de un rato me sueltas, aspiro y exhalo. Tu mano recorre mi rostro y secas esa diminuta lágrima traicionera que todavía se escapa: "ya mi amor", susurras con tal afecto que derrites todas mis defensas y me echo a tu pecho, aferrándome fuertemente. Hundo mi cabeza, acariciando tu cuello con mi nariz y dándote un suave beso. Me incorporo y apoyo mis manos en ti: "Sabes, necesitamos algo para dar esto por olvidado, me debes sexo de reconciliación, pero… quiero que me hagas el amor despacio y furiosamente, tonto". Y luego te doy otro beso en los labios. "Sé que un abrazo no es suficiente, ni los besos y caricias subsiguientes. Sé que costará cicatrizar la herida, pero también sé que con eso, se cicatriza antes".
Entonces acaricias mi cara, grabando en tu retina cada gesto, cada poro, cada minúsculo movimiento. Enclavas tus ojos en los míos, refulgentes por las lágrimas derramadas y te sumerges en sus inmensas profundidades. Poco a poco acercas tus labios con un ofrecimiento de reconciliación implícito y me das un beso, apenas un roce. Un beso casi tan tímido como el primero que me diste cuando nos conocimos. Deseas besarme, deseas abrazarme, deseas poder llenarme de felicidad y complacerme por completo y cuando te pido hacer el amor, cuando te digo esas palabras, son tus ojos los que no pueden contener una expresión; y me besas de nuevo, una y otra vez, con besos cada vez más duraderos y vehementes. Estamos hechos un desastre: besos ardientemente prolongados, con un deje de sabor salado. Nos miramos cordialmente, nuestros ojos se encargan de decirlo todo. Ahí van fragmentos de perdón, de amor, de unión infinita. Me abrazas, queremos ser uno, sentirnos. Sanarnos de la mejor manera que sabemos. En tu mirada veo el brillo de la esperanza, en la mía puedes ver el deseo de que todo quede olvidado. Tus acciones son precavidas, sigilosas. La pasión va en aumento, puedes sentir que mis latidos se van acelerando. "Siempre serás mi amor" -me dices-, disipando cualquier duda que se haya generado. Nuestro amor es la comunión perfecta. Y volvemos a fundirnos en besos cada vez más íntimos e intensos.

El amor, la pasión y la creciente excitación se solapan, se unifican con cada beso y con cada caricia. Tus manos asumen gradualmente mayores riesgos desafiando zonas peligrosas, aunque sigues con el temor de ser rechazado a causa de aquella discusión y tener que adicionar en nuestro distanciamiento unas horas más, pero te equivocas. Mi cuerpo se inmuta al toque de tus dedos, mis labios responden con reciprocidad a los tuyos y la temperatura empieza a subir en la sala. Tus caricias bajan por mi espalda hasta mi cintura, estrujándome con firmeza. Tras una sucesión de apasionados besos, te deslizas descendiendo y me aprietas el culo, y abres los ojos para ver cómo reacciono. Te abalanzas a mi cuello sin piedad, acoplando tu boca a mi garganta de la misma forma que los predadores nocturnos lo hacen con sus presas. "Te amo" -articulas-, después pronuncias mi nombre.
Mi respiración agitada, puedes sentirla cómo recorre tu piel. Alboroto tu cabello, juego con él, pues me encanta hacer eso contigo. Tu voz espontánea es como un encendedor en mi corazón y en mi mente. Me alejo un poco de ti, para mirarte fijamente: "Te amo, eres mío y siempre seré tuya, hasta el final de los tiempos y más allá". Vuelves a abalanzarte a mi cuello, ahora con más confianza, con más ímpetu gracias a la seguridad de mis palabras. Las chispas entre nosotros no se hacen esperar. Puedes sentir el vaivén de mis caderas, que me muevo ya con descaro cuando siento crecer algo duro. Muerdo tu cuello muy lentamente y luego el lóbulo de tu oreja, cosas que sé que te trastornan. "Eres mío, soy tuya" -repito dulcemente-.

Mis movimientos te producen algo que no puedes reprimir. Me transportas hasta la habitación, dejándome encima de la cama. Tus manos empiezan a desabrochar el cierre de mi falda, mientras tus labios buscan los míos con hambre. Siento la prisa y el deseo en tus dedos, en tus besos. La desabrochas y la sacas al vuelo. Me ruborizo al ver la mirada que me dedicas. Pienso que atacarás como siempre, pero me sorprende la calma con la que palpas mi cuerpo, y cómo tu boca avanza en pausas; subes mi muslo, te atraigo para sentirte más cerca. Puedes percibir mi total entrega, y yo la viveza de tus ojos y una notable erección. Tu boca abandona la mía y se dirige a mi cuello, presionando suavemente con tus labios para provocarme. Te apropias de mi aroma, de la tibieza de mi piel. Acaricias mi abdomen, redondeas mi ombligo y friccionas mi monte de venus aún protegido por mi ropa interior; tu boca sigue recorriendo mi cuello, bajando por mi garganta. Tus manos acarician mis piernas y pasas la punta de tus dedos por todo, erizando mi microscópico bello. Tu lengua rodea mis senos, transitando en espiral, muy lento, muy despacio, esperando una orden mía antes de lanzarte a mis pezones.
Mi cuerpo comienza a estremecerse, el restregar sutil de tus dedos me está enloqueciendo. Ciño un poco tu mano contra mis pezones y los lames con cierta obscenidad y a la vez con ternura y delicadeza. Mis primeros gemidos no se hacen esperar y me dejo llevar, forzando un poco más tu cabeza contra mi pecho. En mi muslo puedo sentir la dureza de tu miembro palpitante, lo cual sólo logra excitarme más. Te miro llena de lujuria y amor máximo, y me deleito contigo. Succionas mis pezones con serenidad y lascivia a partes iguales. Tus manos buscan mi humedad, intentas apartar el elástico para meterte dentro, para tener un acceso. Tocas mi clítoris con la punta de tu dedo y lo oprimes levemente, temeroso de hacerme daño. Tu erección es potentísima, tanto que ya no es posible retenerla dentro de tus pantalones.

Nuestras miradas se encuentran fijas por unos instantes, casi puedo asegurar que tenemos flashbacks de esa primera vez; puedo sentir tus nervios, tu ardor con cada roce. Una mueca de tu rostro hace que desvíe mi atención hacia tu pene aprisionado. Mi mano desciende y con mis dedos desabrocho el botón de tu pantalón, aprieto por encima de la ropa y sueltas un quejido que es extinguido por tus labios. La excitación crece sin parar. Rápidamente, te despojas de tu ropa quedando completamente desnudo y continúas con la mía. Estando ambos desnudos, nos quedamos en un abrazo en el que siento la presión de tu verga en mi cuerpo, y tú la de mis senos en el tuyo. Tus manos acarician todo mi cuerpo, toda mi piel, deleitándose con el suave tacto y sin poder evitarlo, se aferran a mis pechos al tiempo que tu boca se acopla a mis pezones, succionando y jugando con ellos con tu lengua. Tus manos se siguen y alargan el maravilloso viaje hacia las tierras del deseo.
Ahogo un gemido cuando tus dedos se acercan a mi empapada cueva. Separo un poco más mis piernas y siento cómo tu erección se clava más en mi cuerpo, suelto otros pequeños gemidos producto de la excitación alebrestada por tu boca, y luego tus dedos... uno de mis actos favoritos, es sentir tus dedos adentrándose. Bajo mi mano hasta llegar a tu pene súper-duro con ganas de acción y lo acaricio sosegadamente. Mi mano encajada ahí, te arranca un sonoro y delicioso jadeo. Tu boca sigue con su erótico juego y tu largo índice explorándome profundamente. Enseguida tu boca desciende. Tus dedos, ya empapados, se mueven con agilidad dentro de mí. Besas mi monte de venus. Besas mi rajita por encima, sin colarte dentro, sin saborearme, sin invadirme. Buscando mantener esa provocación en mí, coloco mis dedos por tu cabello, atrayéndote. Tus dedos se introducen con avidez hasta lo más hondo. Salen algunos gritos, muevo mis caderas intentando sentir más, cuando tu boca engulle mi clítoris. Mi cara desencajada de goce, mis dedos te obligan a pegarte más a mi intimidad. Admites con gusto la confirmación de mis intenciones y persigues mi disfrute con ahínco. Deseas que me empape, que me excite, que me extasíe. Buscas nuestro placer, nuestra excitación y nuestro perdón. Deseas que explote en un orgasmo tan intenso que me tiemblen las piernas y empape tu cara con mis flujos, por eso te entregas con todos tus sentidos.

Cierro mis ojos dejándome invadir por las sensaciones, por la forma en la que me devoras. Atraigo tu cabeza más hacia mí, olvidando todo y solamente sintiendo lo que me provocas. Mis gritos de placer no se hacen esperar, mis palabras de aliento pidiendo más y tus hábiles dedos y boca proporcionándome lo que deseo. Cuando sumerges a fondo un par de tus dedos rotándolos en mi interior no puedo resistir más, por la manera en cómo se contrae mi cuerpo sabes bien lo que debes hacer. Tu lengua saborea mi humedad, pruebas mi sabor que te gusta. Es lo que siempre me dices. Vuelvo a acercar tu cabeza contra mi intimidad, muevo mis caderas prácticamente follando tu rostro y cada una de tus lamidas me lleva al orden del éxtasis, cuando un grito más agudo que los demás te indica la proximidad de mi orgasmo y sólo con un par de lamidas más explotan mis jugos en tu boca. Recibes el orgasmo con gran satisfacción, bebiendo y relamiendo mis flujos. Me dejas ese lapso de relax que sigue al clímax, besándome desde abajo, y subiendo muy despacio hasta mi cuello y mis labios. Te colocas sobre mí, dejando caer el peso de tu cuerpo y susurrándome palabras de amor en mis oídos... Amándome, provocándome, arrancándome todo eso que se esconde allí.
Besas mi cuello nuevamente y te acomodas a mi lado, aún con tu verga dura contra mi cuerpo. Tras unos minutos de besos y caricias, tu verga empieza a abrir mi rajita, buscando la entrada, estimulado mi clítoris antes de la invasión. Sofoco un leve grito, cuando siento la cabeza de tu pene rozándome, todavía muy sensible por el reciente orgasmo. Me regalas una sonrisa y una mirada por la gratificación de saber que soy únicamente tuya. No puedo evitar ocultar mi rostro en tu cuello, tu respiración y todo aquéllo que me dices, sólo logran erizarme. Tu pene se pasea por todo lo largo de mi abertura, lo que sabes, me desespera. Diriges tu pene duro como una piedra, y te adentras en mi interior. Es una penetración sumamente lenta, que nos perturba. Sigo recordando el disfrute que siempre ha implicado nuestra historia, mientras sujeto tu rostro con mis manos y te acerco a mis labios. Cuando entras por completo, un gemido es acallado por tu lengua que avasalla sin prisas, pero con mucha fogosidad mi boca. Inicias un movimiento lento y abismal que despierta todo.

Estamos compenetrados, unidos como uno solo. El ritmo profundo y delirante, nos permite disfrutar de besos y caricias que dejaríamos de lado entregados a la lujuria y al desenfreno. Tus manos acarician mi cara, en tanto que nuestras acompasadas respiraciones delatan lo que sentimos mutuamente. Queremos captar cada momento, grabar en nuestra memoria cada placentera sensación multiplicada por el amor que profesamos el uno por el otro. Cada estocada es insondable, es un ritmo arrebatador para ambos. Las caricias tiernas se hacen presentes más visibles que en otras ocasiones. En nuestras bocas hay deseo y necesidad. Tantas expresiones que no pueden ser descritas, sino sentirse y entenderse. Recibo tus besos mordiendo tu labio. Cuando te clavas por completo en mí, consigues sacarme un gemido que rompe la armonía creada por el sonido de nuestros cuerpos.
La penetración está acompañada y cargada de sentimientos: amor, pasión y lujuria en equivalencia. Tus manos se cuelan detrás de mí, acariciando mi espalda y me abrazan enérgicamente, pegándome a ti. Miras mi cara con los ojos cerrados y los labios apretados y no puedes evitar enternecerte, y algo muy tuyo me revela el amor que sientes por mí. Seguimos unidos, moviéndonos al compás, atesorando cada sensación y aproximándonos a un orgasmo cada vez más cercano. Tus brazos rodean mi espalda, cubierta toda por tu fuerte dimensión. Cambias la inclinación haciendo más al fondo el coito, con mis gemidos cada vez más estruendosos me muevo abrumada por cómo me posees. Cuando nuestras miradas vuelven a cruzarse y observas el primer plano de mi rostro desencajado por el placer, mis mejillas se sonrojan más aún; lo que sé, te encanta.

La sensación no puede ser mejor: un éxtasis combinado con amor y ternura, en una mezcla perfecta. Aumentas ligeramente el ritmo de la penetración, así como más dureza en la embestida, arrancándonos sonidos de excitación plena. Tu boca busca la mía. Tus manos buscan mi piel. Cuando nuestras lenguas se rodean la una a la otra, presionas mis caderas y el orgasmo es cada vez más inminente. "Mi amor... estoy... a punto...". Puedes leer todas las emociones en mi rostro, cuando logras decir ese enunciado entrecortado; apenas puedo contestar algo, notas esa expresión característica de mí cuando estoy llegando a la cúspide: "... y yo..." -digo eso en una casi imperceptible frase-. Mis gemidos se intensifican gracias a tus arremetidas, puedo sentir cómo tu pene entra hasta lo más recóndito de mí. Elevo más mis caderas y nos besamos exasperadamente, y poco es lo que puedo resistir, tus potentes embestidas me agitan y me llevan a un intenso orgasmo explosivo.
Cuando sientes que mis contracciones y mis flujos bañan tu verga, intentas aguantar más, pero te resulta imposible. Tus dedos se entierran a mi piel al tiempo que un poderoso orgasmo sacude tu cuerpo inundando mi útero. Con cada chorro, dejas escapar un jadeo y cada vibración te une más a mí. Tras unos segundos de tan oscilante placer, te dejas caer sobre mí, quedando perfectamente acoplados y en un contacto total. Nuestros labios se unen y me remuevo un poco la cantidad de leche que has descargado en mí, es muy considerable, hacía tiempo que no me llenabas así y es una de las mejores sensaciones. Tu pene termina con unos cuantos latigazos más, está encajado todavía adentro. Las caricias íntimas no se hacen esperar, la unión de nuestros cuerpos es extrema: "me encanta cuando te corres en mí, me hace sentir tan tuya" -admito con timidez-.

Al final del intensísimo orgasmo, siguen las caricias y los arrumacos. Tus párpados pesan cada vez más, tu cabeza reposa sobre mi cuerpo y te acomodas en mí, hipnotizado por los latidos de mi corazón. Mientras me das un tironcito de cabello y seguimos con las demostraciones de amor, el sueño empieza a alcanzarnos, luego de un día tan cargado de emociones. Me sonrojo inevitablemente al sentir como se escapan los hilillos de leche desde mi interior, "creo que necesito limpiarme...".


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martes, 27 de agosto de 2019

LA EROTECA: HAY PERSONAS QUE TIENEN SEXO, OTRAS QUE HACEN EL AMOR. ¿CUÁL ES LA DIFERENCIA?

No es un gran secreto: hay una diferencia primordial y tajante entre hacer el amor y tener sólo sexo. Las relaciones sexuales no implican siempre un idéntico motivo, ni persiguen igual fin. Por ello, es importante tener claro lo que se hace. El amor trae consigo el inevitable deseo de tener un íntimo contacto físico con quien lo inspira. No obstante, las relaciones sexuales no todas las veces son la equivalencia de que alguien esté enamorado.
         Aunque muchos tienden a confundirlos o concebirlos como iguales, no es lo mismo. Una delgada, pero muy importante línea, separa ambos conceptos. El amor es más exclusivo, el sexo puede llevarse a cabo incluso con varias personas.

       El placer físico es un ingrediente básico del amor, pero para alcanzar el coito no es necesario tener una flecha en el corazón. Hacer el amor es disfrutar, pero la principal motivación es conectar en un nivel emocional con la pareja; también significa deleitarse explorando el cuerpo, la mente y el interior de quien se ama, no sólo porque se intenta llegar al clímax, sino porque se está compartiendo una conexión realmente íntima. Por otro lado, en el sexo, la primera finalidad es llegar al orgasmo. En consecuencia, siempre que se hace el amor se tiene sexo, aunque no siempre que se practica sexo se está haciendo el amor.

         Entonces, una palabra elemental hace la diferencia: sentimientos. Porque hacer el amor conlleva tener relaciones sexuales con sentimiento. Esto quiere decir que se involucran las emociones de quienes lo consuman. Para tener sexo, en cambio, sólo se requiere satisfacer el deseo físico.
Es así como, tras un encuentro, muchos optan porque el amor sea aquéllo que siga uniendo sus corazones. Mientras, otros se dicen adiós y dejan de existir hasta una próxima oportunidad.

      Cuando se hace el amor, lo que se busca, es el contacto emocional y compartirlo todo. Se entra en un terreno propio del romanticismo. No ocurre lo mismo cuando se tiene sexo, pues en este último, como acto netamente físico que es, se tiene el coito como único objetivo.

ELEMENTOS DIFERENCIALES IMPORTANTES


Existen puntos clave que dan pauta para diferenciar cuando las relaciones sexuales tienen como base el sentimiento, y cuando son sólo el caso de darle placer al cuerpo.
1. El lenguaje: Cuando se ama hay más sensualidad, se apuesta más al juego previo y a las caricias. La delicadeza de las palabras juega un rol importante antes de alcanzar la penetración. En cambio, el sexo va más al grano y sólo la excitación y el orgasmo acaparan el cuerpo y los pensamientos.

2. La gratificación: Cuando se hace el amor, se piensa mucho en alcanzar el placer mutuo y en cómo satisfacer a la pareja. El sexo es más egoísta y lo que busca primeramente, es la autogratificación. El orgasmo da la felicidad, sin importar qué tan complacida se sienta la otra persona.

3. El tiempo: Cuando se hace el amor se invierte espacio en seducir, para el sexo cualquier momento o circunstancia son buenos. Tras el acto, se comparte con el otro cuando se hace el amor, mientras que cuando sólo se trata de sexo todo se acaba con el orgasmo.

4. Las expectativas: Las parejas que hacen el amor, comparten sueños de vida y metas a alcanzar. Aspiran a continuar sus caminos juntos y pueden intercambiar confidencias en la cama. En cambio, quienes se centran en el sexo no tienen más compromiso que desvestirse y volverse a vestir.
La relevancia de diferenciar las dos acciones, es porque todo depende de lo que se busque. Es trascendente diferenciar ambas posturas en una relación, porque evita que la confusión termine haciendo daño a alguno de los implicados. De cualquier modo, debe tenerse en cuenta lo siguiente:

En ocasiones una de las personas apuesta por los sentimientos, mientras la otra sólo está buscando satisfacer el cuerpo.

Entre tener sexo y hacer el amor, no hay uno que sea mejor o peor que el otro, siempre y cuando las dos personas estén de acuerdo en lo que se busca.
Cada persona necesita tener conocimiento de lo que está haciendo, porque la intimidad forma parte de la vida.

Si se quiere o no compromiso a la hora de un encuentro íntimo, debe ser una decisión consciente que merece respeto.

Si no se conoce cuál es el límite del acto, alguien podría enamorarse desconociendo que no hay nada más allá del orgasmo y para cuidar las emociones, es importante saber cuál es la diferencia entre hacer el amor y tener sexo.

El sexo es un estado de inconsciencia...

El sexo es una cuestión de física y química.
Hoy está, mañana no se sabe.

El sexo es un deseo que se satisface en una noche.
Es la causa por la cual el hombre se pierde a sí mismo.
El sexo drena la energía del ser humano, no es constructivo.
Cuando sólo hay sexo después viene la separación, porque luego de terminar el acto sexual cada uno se separa.
Tampoco hay gratitud en el espíritu, es meramente mecánico.

El amor es un estado de consciencia...

En el amor hay un intercambio. Yo doy y tu recibes.
Amar es estudiar a la persona que tenemos al lado, con la mente, el corazón, el cuerpo.
Amar es olvidarse de las ofensas, es tocar la piel para conocer el alma del amado.
Es disfrutar de la compañía del otro, sin expectativas.
Es agradecer luego de hacer el amor.

Es la aceptación de lo que la persona fue, es y será.


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jueves, 15 de agosto de 2019

LA EROTECA: LA INESPERADA Y EXCITANTE CONVERSACIÓN TELEFÓNICA CONTIGO

Nos despedimos hace unos días. Después de unos meses en Boston hace ya tiempo, ahora había conseguido trabajo en un proyecto temporal, en un pequeño pueblo en el estado de Indiana. El sueldo es mucho más atractivo que en España y eso me permitirá pagar el máster que planeo cursar y ahorrar dinero. Este trabajo supone un buen impulso para mi carrera, aunque tendré que trabajar mucho; así que durante un tiempo mi intención es progresar en lo económico y en lo profesional, para más adelante volver a España. El único inconveniente, es dejar un poco de lado mi relación con esa mujer amorosa y ardiente en más de un aspecto, a la que amaba.
Ayer llegué a casa después de trabajar, cuando oí que vibraba el móvil. Se trataba de una llamada de ella. Tenemos una relación desde antes de que viniese a Estados Unidos y decidimos continuar, sin embargo, la distancia no es fácil. Pero teníamos que apaciguar de alguna forma nuestro deseo mutuo. Ese deseo desbordante y esa pasión delirante que desde entonces nos ha unido hasta ahora.

Ella: No puedo dormir.
Yo: Es tarde en España, mañana trabajas.
Ella: Tengo frío en la cama. Cuando estabas aquí me pegaba a ti y te acomodaba el brazo para que me abrazaras.
Yo: Sabes que no puedo arroparte.
Ella: Me hacía una bolita pegando el culo contra ti y apretando tu mano contra mi pecho… Siempre te ponías duro…

Empecé a sentir una presión en el pantalón. Ella vio que había leído el mensaje y que seguía conectado.
Ella: Empezabas a morderme el cuello y yo me removía como resistiéndome, pero lo que hacía era frotarme contra ti, me gustaba sentirte.

Ya no pude más y respondí...

Yo: Enseguida notaba como tus pezones se iban poniendo duros.
Ella: Tengo ya los pezones duros y estoy empezando a tener calor.

Y me pasó una foto con la camiseta de dormir tirada al lado de la cama.
Yo: Me gustaba acariciarte alrededor de los pezones, que se marcaran bien y pellizcarte la punta.
Ella: Uhmmm, sí, me acabo de pellizcar, me tienes muy dura. Después me apretabas un seno con fuerza y deslizabas el otro debajo del camisón.
Yo: Siempre tenías las bragas mojadas… pero te hacía esperar, te pasaba el dedo por las ingles mientras tú apretabas mi mano porque la querías sentir ahí.
Ella: Sí, me volvía loca sentir el roce de tu mano en mi sexo y sólo estaba deseando que posaras tus dedos en mi clítoris.
Yo: Con la otra mano te sacaba el camisón…
Ella: Sentía tu calor en mi cuerpo un momento, tú siempre dormías sin pijama. Me giraba hacia ti y disfrutaba de la cara de lujuria que ponías al ver mi pecho desnudo.
Yo: No duraba mucho, pues agarraba tu pecho desde abajo y me lo llevaba a la boca. Cómo me gustaba jugar con tus tetas, llenarme la boca con ellas, tocar tu pezón con mi lengua.
Ella: Eso me ponía muy caliente, cada vez que sentía tu lengua en mi pezón sólo podía pensar en sentir tu pene con mi lengua.
Yo: Me mordías el cuello y empezabas a bajar muy lentamente, apretando tu sexo contra mi pierna y rozando tus pezones contra mi pecho. Me ponía full sentir tu humedad a lo largo de mi pierna a la vez que lo duro de tus pezones.
Ella: Uhmmm, me encantaba el roce de tu pierna mientras bajaba y te iba pegando mordisquitos en el cuello, el pecho, el abdomen… deseando llegar a tu miembro que sentía tan duro contra mis tetas. Pero yo bajaba lentamente disfrutando de hacerte sufrir, de sentir todo el deseo que tenías.
Yo: Sí, en esos momentos me moría de ganas de sentir tus labios. Sólo de recordarlo me estoy volviendo loco, llevo un rato que estoy escribiendo con una mano mientras pienso en ti.
Ella: Me pone mucho que estés pensando en mí mientras me toco. Tengo dos dedos que los estoy chupando como si fueses tú, mientras la otra mano está en la humedad de mi vagina…
Yo: Recuerdo cómo me la chupabas, alternando el metértela entera con jugar con la punta… Cuando me chupabas la puntita mientras me mirabas con esos ojos de cachonda, yo no podía más.
Ella: Veía tu cara de placer y así sabía lo que era capaz de hacerte disfrutar y que en ese momento era lo que más deseabas en el mundo. Cuando ya no podías más, ponías tu mano en mi cara y me empujabas suavemente hacia arriba. Pero a mí me gustaba llevarte al límite y no separaba mi lengua de ti.
Yo: Y hasta que ya el deseo me volvía más primario, te giraba sin contemplaciones y bajaba para que mi lengua se hundiese en tu humedad.
Ella: Siempre buscaba llevarte a ese punto, que sintieras un deseo animal, que todo tu cuerpo sólo pudiese pensar en compartir placer conmigo.
Yo: Eres lo único en lo que puedo pensar ahora mismo, en llevar mi lengua a tu clítoris mientras mis dedos exploran tu cueva. Concentrarme en darte placer, mientras tus dedos se clavan en mi pelo…

Ella: Abandonarme al placer y dejarte hacer.
Yo: Recorrerte toda. Tus labios, tu clítoris, tu interior… Y saborearte mientras escucho cómo gimes y tu cuerpo se arquea para recibir el placer.
Ella: Hasta que te digo que quiero sentirte dentro de mí, mientras clavo de nuevo con fuerza mis dedos en tu pelo...
Yo: Me gusta sentirte entregada y no paro de saborearte y tocarte hasta que ya no puedes hablar, sólo gemir y empiezo a sentir tus espasmos.
Ella: Sí, haces que me corra de gusto… Y cuando ha terminado el orgasmo, me das un beso en donde más me gusta.
Yo: Después te pones encima y tengo la mejor vista posible, tu pecho desnudo subiendo y bajando con una cara de excitación que es lo mejor que puede encontrarse.
Ella: Tanto como ver tu cara de placer, sentir que soy yo quien te está haciendo disfrutar tanto.
Yo: Empezabas a marcar el ritmo, primero despacio; recuperándote del primer orgasmo, pero poco a poco ibas aumentando el ritmo.
Ella: Me agarrabas con deseo el culo y me acompañabas en el movimiento, mientras iba aumentando el ritmo y me penetrabas al compás.  Cada vez más rápido, hasta que me apoyaba encima de ti y tú me embestías con un ritmo frenético.
Yo: Apoyabas tus senos en mi pecho y tu boca quedaba junto a mi oreja, oyendo tus gritos mientras te llegaba el orgasmo. Después de eso, sólo conseguía aguantar a que terminara tu orgasmo antes de correrme yo.
Yo: Me pones demasiado, me voy a correr...
Ella: Me vengo... Que te corras pensando en mí, me pone a mil. Cuando vuelvas a España, quiero jugar contigo. Hacer todo contigo. Estar contigo una vez más.
Yo: Y yo hacerte gemir como nunca.

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martes, 18 de junio de 2019

UNA COMPARTICIÓN ANÓNIMA... AQUEL ARDIENTE ENCUENTRO EN CDMX

Eran las cuatro de la tarde en punto y tal como siempre el aeropuerto de la Ciudad de México se encontraba abarrotado. Ella lo esperaba ansiosamente. Él bajó del avión y se dirigió a recolectar su equipaje. Era la primera vez que se iban a encontrar en persona y a pesar de una larga relación previa, de cientos de fotos y citas por videocámara, estaba bastante nervioso. Finalmente llegó el momento. Él salió por la puerta de llegadas nacionales y la encontró justo de frente. Se quedaron congelados unos segundos hasta que al mismo tiempo pronunciaron la misma frase: "Hola, amor". Entonces se fundieron en un abrazo tierno, cariñoso, seguido de un largo y ardiente beso.
— ¿Y ahora qué hacemos? Tengo la tarde libre, mi reunión es hasta mañana a las 11 de la mañana.

— Vamos a comer, ¿qué te parece?

— Muy bien, ¿sabes de algún buen lugar cerca del City Express de Reforma? Ahí es donde me voy a quedar.

— Por ese rumbo hay buenos lugares. Ahorita googleamos algo.

La pareja abordó un Uber y después de un viaje de más de 40 minutos con un ambiente un tanto difícil, ya que se sentían incómodos por él conductor, se encontraban en un bonito restaurante de la Zona Rosa: La Nueva Cuba. La plática fluyó mucho mejor después de comer. Varias cervezas Tecate para él, tres mojitos para ella; finalmente habían alcanzado la misma confianza que se tenían a través de medios electrónicos. Estaban contentos de estar juntos, se besaban con frecuencia, reían, bromeaban, conversaban de cualquier tema con la fluidez de siempre. El nerviosismo y la sensación extraña de encontrarse físicamente había quedado atrás. Platicaban sobre libros, historia, filosofía, arte, poesía… Y ya más relajadamente sobre otras personas, algunos amigos -y otros no tanto- participantes del mismo sitio web donde se conocieron.
El resto de la tarde y parte de la noche se les fue rapidísimo. Alrededor de las diez de la noche pidieron la cuenta. Ella insistió en contribuir con la mitad, pero él no lo permitió. 

— ¿Quieres quedarte y pasar la noche conmigo en el hotel?

— ¡Vaya! ¡Hasta que por fin! Pensé que no lo ibas a preguntar. Sí quiero.

Caminaron tomados de la mano por Reforma. Entraron al Modelorama que se encuentra justo enseguida del City Express y compraron agua, botanas, un doce de Michelob ultra y por supuesto; condones.  Ya en el elevador se besaron todo el recorrido hasta llegar al piso 14, habitación 1409. 
Apenas habían cerrado la puerta y comenzaron a besarse apasionadamente, con unas ganas increíbles de tenerse uno al otro. Se arrancaron la ropa mutuamente y continuaron besándose, y ella rompió en una carcajada cuando él no podía quitarle el bra.

— Jajajajajajaa. Se desabrocha por enfrente, amor!

— Jajajaaja, qué pena.

— No sientas pena, no pasa nada.

Finalmente él logró su objetivo y encontró frente a sí dos hermosos senos redondos, con areolas medianas y pezones pequeños. Los acarició suavemente con sus manos mientras la veía a los ojos. Después se aproximó y con su boca succionó uno de ellos mientras escuchaba el primer gemido de ella, quien llevó su mano a la entrepierna de él, y sin vacilar alguno apretó su pene por encima del pantalón. Entonces fue él quien gimió, intentando reprimirse.

— Crees que no me di cuenta que lo tienes duro desde que entramos al hotel?

— Cuando te abracé en el aeropuerto también, y me esforzaba para que no lo sintieras.

— Pues sí lo sentí, y me gustó.

Continuaron besándose y finalmente él la cargó sujetándola por el trasero y la llevó a la cama. La recostó boca arriba y se acercó a su oído.
— Quiero probarte.

— Hazlo, mi amor.

Entonces con ambas manos retiró lentamente los pantis de ella, que abrió las piernas y expuso su sexo ante él, ya sin ninguna pena. Él comenzó a besar sus muslos por la parte interna, recorriéndolos con su lengua, acercándose rápidamente y en cuanto llegó se sumergió de golpe en el sabor de ella. Escuchó un grito que escapaba mientras sentía los estremecimientos de las piernas de su amada y sus manos revolviendo su cabello.

— Vas a hacer que me venga!

— Vente cuando gustes.

— No, así no, quiero sentirte dentro de mí. Ponte un condón.

Él tomó la caja de los preservativos mientras ella se volteaba, levantaba su trasero y ponía su pecho a ras de la cama. Él se aproximó, la sujetó de la cadera y comenzó a penetrarla. Primero lentamente, después aumentando la velocidad. Ambos gemían tratando de contener sus gritos, hasta que al mismo tiempo explotaron en un delicioso orgasmo, se dejaron caer sobre la cama y se abrazaron y se dieron un largo beso.
Era la primera cópula de lo que terminó siendo una larga noche. Después él se levantó se aproximó al buró y tomó una cerveza.

— ¿Bebé, quieres una Michelob?

— Sí quiero, tráeme una...