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domingo, 9 de febrero de 2020

X-RIMA: EL POEMA DE AMOR MÁS INOCENTE DE GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER. "ES EL AMOR QUE PASA" (Y AÚN YO ESPERO QUE PASE)

RIMA-X

Los invisibles átomos del aire
en derredor palpitan y se inflaman,
el cielo se deshace en rayos de oro,
la Tierra se estremece alborozada.

Oigo flotando en olas de armonías,
rumor de besos y batir de alas;
mis párpados se cierran...?¿Qué sucede?

¿Dime?

¡Silencio! ¡Es el amor que pasa!


EL POSROMÁNTICO GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER


Gustavo Adolfo Domínguez Bastida (Sevilla, 1836-Madrid, 1870) fue un poeta español, el máximo representante de la poesía posromántica; tendencia que tuvo como rasgos distintivos la temática intimista y una aparente sencillez expresiva, alejada de la retórica vehemencia del romanticismo. Su obra está atravesada por lo fantástico y, en cierta forma, por el horror. Desde sus relatos, leyendas y poemas Bécquer exploró siete temas principales: el orientalismo, el amor, la muerte, la vida de ultratumba, la hechicería, lo religioso y el animismo.
Entonces, Gustavo Adolfo Bécquer fue un poeta del romanticismo tardío. No logró alcanzar en vida el mérito y el prestigio que su obra reclama, en particular sus "Rimas y Leyendas" de notable influencia en el relato fantástico del siglo XX y, que inclusive, hasta varios años después de su muerte se le reconoció como un gran autor. Fue un romántico en pleno auge del realismo pomposo y engañosamente trascendental al que jamás se sumó, en virtud que argumentaba que la verdadera poesía no podía hallarse en la lírica y la retórica vacía de dicho realismo, sino en aquella declaración de principios morales y estéticos que implicó el romanticismo como corriente.

La obra de Bécquer ejerció un fuerte influjo en figuras posteriores como Rubén Darío, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez y los poetas de la generación del '27, además que la crítica lo concibe como el iniciador de la poesía española contemporánea. Pero más que un nombre relevante de la historia literaria, es sobretodo un poeta vivo y popular en todos los sentidos de la palabra, cuyos versos de conmovida voz y alada belleza han sido -y siguen siendo- de la predilección de millones de lectores.
Su inmensa fama poética se basa en sus "Rimas", que iniciaron la corriente romántica de poesía intimista inspirada en Heine y claramente opuesta a la retórica y ampulosidad de los líricos románticos anteriores. La detracción literaria del momento, sin embargo, no acogió bien sus poemas aunque su nombradía no dejaría de crecer en los años siguientes.

"Rimas" es una colección de poemas del romanticismo del escritor sevillano, publicado originalmente en 1871. La antología reúne buena parte de los poemas de amor de Gustavo Adolfo Bécquer; más precisamente 76 poemas compilados en la primera edición, cifra que luego ascendería a 96 en posteriores publicaciones.
Tras su muerte, amigos y colaboradores ordenaron una vasta cantidad de material inédito. De aquella cuestionable recopilación, se desprenden dos obras fundamentales: "Leyendas y Obras"; básicamente, la primera edición de la mencionada "Rimas". Tiempo después, se halló un manuscrito que se creía perdido entre sus pertenencias -"El libro de los gorriones", fechado en 1868- donde el autor ya había previsto casi todos los poemas editados en este libro.

"Rimas", probablemente contiene los mejores poemas del romanticismo español. Su estilo combina la meditación con la imaginación más exuberante, y conduce por un sendero sumamente suelto y repleto de imágenes fantásticas.

"Siendo el amor como una estrella fugaz con un brillo incomparable, así es esa persona, pero sólo la ves pasar; esa estrella por unos segundos, tan lejos y que se pierde y se apaga poco a poco, hasta el día que no queda nada".

En la estructura externa de la "Rima X" se aprecian dos estrofas, en las cuales en el verso nueve, diez y once aparece un diálogo consigo mismo donde se pregunta acerca de la transformación de la naturaleza y él en el instante se responde que se modifica a causa del amor. La métrica de esta rima, son versos endecasílabos de rima libre y la clase de rima es asonante.

En esta rima, introduce elementos de la naturaleza donde éstos se van transformando: entre el primer y segundo verso, aparecen los átomos; en el tercero, el cielo que se deshace; en el cuarto, la Tierra que se estremece y en el quinto y sexto, el sonido de las olas, el rumor de besos y el batir de alas en conjunto armónico. Parece que él queda sorprendido y quiere saber por qué sucede. La causalidad, es -y será- el amor.
Asimismo, aparecen una serie de recursos que son un paralelismo, una personificación y una gradación a través de componentes que cada vez se van acercando más al poeta. Las sensaciones que provoca este poema, es que el amor puede llegar a cambiarlo todo y en cualquier momento. También que el amor es medular y lo suficientemente importante.

Bécquer utiliza una poesía subjetiva que busca la perfección formal por medio de su sencillez.
En definitiva, la "Rima X" se centra sustancialmente en el sentimiento inevitable del amor, como muchas otras de sus rimas. Gustavo Adolfo Bécquer, está considerado como el íntimo poeta romántico y primero moderno. Cuando se lee a Bécquer, puede sentirse que por primera vez un poeta exterioriza el lado vulnerable de su vida con autenticidad y sin imaginación… su dolor, su existencia interior y su trayectoria vital que muestra despiadadamente a todos.

lunes, 28 de octubre de 2019

LA EROTECA: "FRESAS CON CREMA EN CADA RINCÓN DE MI CUERPO… ES PARA TI Y SOLAMENTE PARA TI" (OTRA VEZ EN CDMX)

        Les voy a contar algo... Ya les dije que él volvió de nuevo a pasar otros días de trabajo aquí en Ciudad de México, entonces nos veíamos cada tarde después de nuestras ocupaciones; así que durante su estancia, prácticamente teníamos sexo diario. Todo era felicidad para mí, manteníamos hace ya mucho tiempo una relación genial, casi perfecta. Un día de esos, se me ocurrió pedirle que pasáramos una noche completa en mi casa; quería ser suya en mi cama, bajo mis sábanas. Al principio se opuso, pero cuando le dije que todos saldrían el fin de semana siguiente, aceptó. Así que estaba la oportunidad de amarnos sin escondernos de nadie y gozar de nuestro amor e intimidad. El resto de la semana me pareció eterno, pero llegó el sábado. Cuando por fin se habían ido, comencé a preparar el que sería nuestro nido de amor por unas horas.
Él llegó puntual a las seis de la tarde, yo lo estaba esperando vistiendo una bata de encaje transparente de color rosa que me había regalado. En juego me puse una tanga y un bra del mismo color y tela, y claro está, descalza ¡tal como le gusta! Sólo quería hacer todo para sorprenderlo. Tocó el timbre, abrí y al estar en la puerta de mi casa, le di un tirón para hacerlo entrar rápidamente. No podía arriesgarme a que algún vecino lo viera. Ya adentro, nos fundimos en un largo y tierno beso. Fue un beso suave y muy prolongado, no había prisas, teníamos toda la tarde y la noche entera para nosotros. Pasamos al comedor donde reímos y hablamos de todo, mientras le serví lo que yo misma le había preparado para la comida. Al terminar le llevé el postre, eran fresas con crema. Le dejé la copa con sus fresas, me jaló hacia él y me sentó sobre la mesa para quedar ambos de frente. Acercó el bote de crema y untó una gran cantidad en mis piernas y abdomen y con su lengua empezó a lamerme muy lentamente.

Tomó una fresa y tras el ritual de pasarla por mis labios y humedecerla con la lengua, la deslizó ardiente por mi barbilla y fue bajando para delinear el canalillo entre mis senos, recorriendo mis pezones que ya estaban totalmente duros. Le guié sus dedos y le di a morder la fresa, para luego pasarla otra vez por mis pezones, impregnándolos del jugo. Seguía lamiéndolos con tal fuerza, que los probaba y los succionaba saboreando el néctar de la fruta. Enseguida terminamos de comer el resto de la fresa. Él veía cómo me mordía el labio inferior, para indicarle que me gustaba.
Ya había dejado mi abdomen sin rastro de crema, pero volvió a tomar el bote y me embadurnó el brassiere y de igual forma se dedicó a limpiarme. Yo estaba gozando mucho, no lo habíamos hecho antes. Ahí me encontraba sobre la mesa, semidesnuda y disfrutando sus caricias irresistibles; lo que me llenaba de una inmensa morbosidad. Mi vagina escurría gran cantidad de líquidos. Él lo notó y mientras seguía chupando mi sostén, su mano ya había entrado dentro de mi ropa interior y jugaba con mi entrada y mis labios vaginales. Su boca fue descendiendo hasta llegar a mi tanga, con sus manos la levantó un poco y puso gran cantidad de crema sobre mi monte de venus. Era tanta la crema colocada ahí, que se abultaba con el relleno y se esparcía a los lados desparramándose. Me abrió las piernas y empezó a deleitarse con la crema que se salía. Yo sentía algo así como descargas eléctricas en mi vientre, experimentaba su lengua tan cerca y la frescura de la crema sobre mi vagina -y ya una parte también dentro de sus profundidades- que me hacían sentir miles de sensaciones y emociones raras… diferentes, excitantes. Estaba simplemente enloquecida.

Mi vagina seguía escurriendo. Ahora mis líquidos estaban mezclados con la crema y mi tanga empapada. Él aún no circundaba su lengua a la orilla, pero debo decir que con este juego, tuve mi primer orgasmo de la tarde. Cuando por fin su lengua llegó a posarse, sentí morirme, su lengua presionaba mi tanga contra mi vagina y al tiempo que la crema se volvía a salir por los lados, otra parte de ésta se introducía en mí, llenándome. Sus dedos fueron retirándome la ropa interior por completo y me encantó como se veía mi entrepierna toda llena de crema. Me entregó la tanga que acababa de quitarme y sin pensarlo me la llevé a la boca, tenía un sabor delicioso, mis líquidos le daban un sabor diferente a la crema.
Estaba extasiada saboreando mi prenda cuando sentí su lengua sobre mi vagina, jugaba con mis labios de una forma magnífica. Con sus movimientos entraba en mí, intentando sacar hasta el último residuo de la crema que ahí se había metido; aunque después no sólo su lengua hurgaba dentro de mí, dos de sus dedos se le unieron en la búsqueda de más crema en mi interior. Cuando terminó de chuparme dejándome completamente limpia, yo estaba desfallecida, había sido un inmenso placer y sin la necesidad de penetrarme.

Una vez recuperada, lo vi sentado en la silla, observándome. Le pregunté qué pensaba y me respondió que le gustaba admirarme, que lo tenía loco y que mi cuerpo le encantaba. Me bajé de la mesa y me arrodillé frente a él bajándole el cierre del pantalón, le dije que él ya había comido su postre y que ahora me tocaba a mí. Así que dejé libre ese duro y grueso pene, le unté crema por todo lo largo -más en la punta- y empecé a chuparlo precisamente como si fuese un helado. Mi lengua recorría todo su tronco y cuando se acababa la crema volvía a ponerle más, cual insaciable. En verdad pude percibir que estaba disfrutando esas succionadas que le daba. Su respiración aumentaba de ritmo y sus jadeos me indicaban que muy pronto eyacularía, así que me metí casi la totalidad de ese riquísimo pene entre mis labios y con mi mano derecha lo masturbaba y con la izquierda acariciaba su abdomen. Sentí la gloria cuando varios chorros de semen llenaron mi boca, que por lo abrupto me costó trabajo tomarme, pero no dejé que se escapara ni una sola gota. Nos miramos, nos besamos y nos acomodamos la ropa para pasar a la sala a ver televisión.
Al caer la noche, nos dispusimos a irnos a acostar, pero estaba muy interesante la película que pasaban. Al terminar de verla, fuimos a la recámara y nos abrazamos besándonos, su lengua hurgaba en mi boca y sus manos retiraban de mi cuerpo la bata y cada una de mis prendas. En segundos me dejó toda desnuda, sus dedos hacían maravillas en mi piel, yo no podía más y casi le arranqué la ropa. Sentir su cuerpo desnudo era fenomenal. Su calidez, la dureza de su miembro rosando mi abdomen. Se recostó sobre mí y podía sentir su pene rosando la entrada de mi vagina.

Por reflejo, ante esta sensación, abrí las piernas para darle entrada a mi interior. Su pene con mi lubricación, sin esfuerzo, se perdió completamente. El ritmo al principio era lento, entraba y salía de mí, dándome un placer intenso; un largo rato lo hicimos así, queríamos hacer de esa madrugada algo único y especial. Espontáneamente, fue subiendo la velocidad de sus movimientos y yo aumentaba el sonido de mis gemidos hasta hacer que fueran gritos. A gritos le decía cuanto lo amaba y el placer que me daba. Gritando le pedía que no se detuviera, que me siguiera penetrando así. Olvidé por completo pensar si había alguien alrededor. Me llenó mi vagina con su candente y espeso semen y volví a gritarle que necesitaba que me extasiara con su leche. Descansamos un rato, pero deseaba aún más, así que me acomodé para poder chuparle su miembro y ya levantado, bajé poco a poco haciendo que se perdiera a través de mi ano. Cuando sentí dentro aproximadamente la mitad, me dejé caer para que entrara de un solo golpe. De mi garganta escapó un grito enorme de dolor y placer. Hubo muchísimos más, cada metida que me daba, era un grito que escapaba. Sin medir consecuencias ni recordando el lugar donde estaba, le decía que me partiera en dos, que me perturbaba como me cogía, que quería que me llenara con su semen. Estaba completamente fuera de mí, me sentía feliz, en éxtasis, en las nubes, como drogada por el placer; me sentía en pocas palabras, la más puta del mundo y así lo exclamé, le dije que era fantástico ser su puta, que nadie me haría gozar nunca como él. Todo parecía excitarle, que le dijera todas esas cosas le calentaban y más fuerte me bombeaba el culo.
No sé bien a bien que tiempo pasó, pero hice que dos veces me llenara con su semen, perdí la cuenta de la cantidad de orgasmos que tuve estando así ensartada por ese mágico falo del placer. Me bajé de él y me recosté dándole la espalda, levanté una de mis piernas y aprovechando que aún estaba erecto, me lo volví a introducir y bajé mi pierna haciendo presión al máximo en su pene entre mis nalgas. No nos movíamos, sólo sentía su dureza dentro. Ya a estas alturas sentía un pequeño ardor en mi ano, pero no me importaba, quería seguir sintiendo su pene llenándome por completo. Así nos ganó el sueño y permaneció dentro hasta el día siguiente.

Desperté por las embestidas, sacando y metiendo su pene en mí. Fue un despertar único. Volvió a mí la lujuria y mi respiración aumentaba, pero no grité como la noche anterior; creo que ya no tenía fuerzas. Entre gemidos le pedí que me avisara cuando fuera a terminar, él asintió con la cabeza. Al poco rato de mi petición, lo oí decirme de forma entrecortada "mi amor, me vas a hacer acabar". Escuché esto, saqué rápidamente su pene y me coloqué de hinojos sobre la cama para chuparlo. Casi se lo arrancaba con la succión de mis labios. Sentí grandes chorros de semen, pero en esta ocasión no me lo tomé, lo guardé en mi boca y cuando estuve segura que no quedaba más, abrí la boca para verter ese semen sobre su pene todavía duro. Lo cubrí por completo y lo acariciaba y, de vez en vez, lo volvía a chupar. Se sentía rico y pegajoso acariciarlo, mientras embarraba el semen a todo lo largo de su miembro.
Habíamos disfrutado como nunca esa cogida. Cuando me levanté de chuparle todo, mi mirada estaba cargada de toda la pasión sentida. Al mismo tiempo, me sentía amada y protegida por él. Creo que ha sido de nuestros mejores encuentros.

jueves, 17 de octubre de 2019

VERLAINE & RIMBAUD: EL PROFUNDO Y LOCO AMOR ENTRE DOS POETAS QUE INICIÓ UNA TURBULENTA TEMPORADA EN EL INFIERNO

"Antaño, si recuerdo bien, mi vida era un festín en el que se abrían todos los corazones, en el que todos los vinos hacían torrentes.

[…] Logré diluir en mi espíritu toda esperanza humana. Sobretodo júbilo, para estrangularlo, hice el salto cauteloso de la bestia feroz".

El romance entre dos grandes escritores, Arthur Rimbaud y Paul Verlaine, es la historia amorosa que culminó en desequilibrio y hecatombe: un irracional ataque, la cárcel, más libros y nuevos horizontes literarios. 'Una temporada en el infierno', es una obra en prosa que llevó primero el título de libro pagano. Fue escrito cuando Rimbaud apenas tenía diecinueve años y luego de terminar con su compañero sentimental, que lo hirió de un disparo. Ahí intenta expresar su experiencia y fracaso como hombre y poeta a través de torturados poemas, que tiempo después revolucionarían la poesía. Existió un amor hondo entre ambos artistas pertenecientes a la realeza prosaica, y lo que empezó con una intensa admiración, encauzó en excesos de sentimientos vesánicos y desenfrenados.
         Paul Marie Verlaine nació en Metz, una ciudad en el noroeste de Francia, actual capital de Mosela, en 1844 y murió en París en 1896. Fue un poeta lírico, correspondiente al movimiento simbolista. La familia provenía de la pequeña burguesía. Su padre -como el de Arthur Rimbaud-, era capitán del ejército. Hizo sus estudios en París. Frecuentó los cafés y salones literarios parisinos.

         Su influencia fue grandiosa entre sus coetáneos y no hizo más que crecer tras su muerte, tanto en Francia como en el resto del mundo. En castellano, el modernismo no puede entenderse sin la figura de Verlaine. La poética de varios distinguidos del ámbito hispánico como Rubén Darío, Manuel Machado, José Martí o Pablo Neruda son consecuencia directa o indirecta de la suya.
         Por otra parte, Jean Nicolas Arthur Rimbaud nació en Charleville en 1854. También fue un poeta francés. Abandonó la literatura a los diecinueve años para emprender un viaje que lo llevaría por Europa y África. Finalmente, en 1891, murió en Marsella (Francia) a la edad de treinta y siete años.

A su modo de ver, el poeta debía hacerse vidente por medio de un largo e inmenso desarreglo de todos los sentidos. Destaca como un alumno brillante y superdotado; obteniendo premios en literatura, lenguas y otras asignaturas además de vislumbrar notoriamente su devoción religiosa. Compone en latín fluido poemas, elegías y diálogos. Su orientación poética en algún período es la de los parnasianos (un movimiento literario francés posromántico de la segunda mitad del siglo XIX -contrario al carácter ensoñador e imaginativo, alérgico a la vulgaridad burguesa y el adocenamiento- que surgió como reacción antitética del Romanticismo de Victor Hugo, el subjetivismo y el Realismo Literario del que más tarde es distante). En vida, sus méritos no fueron reconocidos, pero con posterioridad se abrieron paso entre las nuevas generaciones.

DE LA ADMIRACIÓN MUTUA AL AMOR COMO PUENTE


       En 1870, Paul Verlaine se casó con Mathilde Mauté, a quien escribió 'La buena canción'. Al mes siguiente, la joven pareja empezó a vivir con los padres de ella, fue entonces cuando Arthur Rimbaud aparece en su vida y la cambia completamente. Se muda con ellos por invitación de Verlaine, que era un respetado poeta que iba en ascenso, el cual había descubierto el genio precoz del adolescente. Rimbaud fue convencido por su amigo Charles Bretagne de escribirle una carta a Paul Verlaine, un eminente poeta simbolista, tras no haber obtenido respuesta de otros autores.​ El joven envió a Verlaine dos cartas con varios de sus poemas, que incluían 'Las primeras comuniones' y 'El barco ebrio' que era increíble. Verlaine quedó intrigado por el talento de Rimbaud y, le respondió diciendo: «Ven, querida gran alma. Te esperamos, te queremos». Junto a la epístola mandó un boleto de tren a París.
        El poeta llegó cerca del 15 de septiembre de 1871 siguiendo la invitación de Verlaine y pasó a vivir con él y su esposa ​Mathilde, quien tenía diecisiete años y estaba embarazada. Desde entonces Rimbaud no regresó al colegio. En recopilaciones posteriores, Verlaine se refirió a él como «un joven con cabeza de niño, cuerpo adolescente aún en crecimiento y cuya voz tenía altos y bajos, cual si fuera a quebrarse». Para marzo de 1872 las provocaciones de Rimbaud, que cuenta ya con diecisiete años, comienzan a causarle problemas. El joven poeta llevaba una salvaje vida disoluta de vagabundo, embriagado de ajenjo y hachís. Escandaliza así a la élite literaria parisina, indignada en particular por su comportamiento, auténtico arquetipo del enfant terrible. A lo largo de este lapso continuó escribiendo sus contundentes y visionarios versos modernos. Sin embargo, el incidente con Étienne Carjat, un eminente fotógrafo de la época, fue la gota que colmó el vaso: Rimbaud, en completo estado de embriaguez, hirió al fotógrafo con una vara metálica. Para salvar a su amigo y tranquilizar a la comunidad, Verlaine envió a Rimbaud de regreso a Charleville.

      Rimbaud espera varios meses en su hogar y luego regresa a París. En aquel instante, inicia con Verlaine una frenética y tormentosa relación amorosa que los condujo a Londres en septiembre de 1872, abandonando así a su esposa e hijo pequeño (a quienes solía maltratar en extremo durante los ataques de ira causados por el alcohol). Durante este viaje, escribe una gran parte de la colección 'Romanzas sin palabras'. Vivieron en una considerable pobreza en Bloomsbury y en Camden Town, donde sobrevivieron de dar clases de francés y de una pequeña mensualidad que les daba la madre de Verlaine. Rimbaud pasaba los días en el Museo Británico, porque «la calefacción, la iluminación, las plumas y la tinta eran gratis».
         En julio de 1873, viaja con Rimbaud a Bruselas (Bélgica) huyendo de los prejuicios y el escándalo. El 10 de julio de ese año, Verlaine dispara dos veces sobre su joven amigo, que resulta herido en una muñeca.​ Un día, después de cambiar de opinión, le pidió a Rimbaud que se alejara de él, pero éste hizo caso omiso y lo persiguió para embriagarse juntos. Enloquecidos, se drogaron e intensificaron sus comportamientos destructivos, y se desató la pelea que llevó a Verlaine a dispararle a su amado hiriéndolo y diciéndole: "¡Te enseñaré a irte!". Al revisar su herida, Rimbaud no pensó que fuera grave, así que dejó que Verlaine y la madre de él lo llevaran a vendar y luego a la estación de trenes para regresar a Charleville. Verlaine le rogaba que no se marchara, pero Rimbaud se mostró inflexible. Comenzó entonces a comportarse de manera incontrolable nuevamente y Rimbaud, temiendo por su vida, llamó a la policía.

Verlaine fue arrestado y sometido a un humillante examen médico legal luego de que se considerara y validara la comprometedora correspondencia y las acusaciones de la esposa de Verlaine respecto de la naturaleza de la amistad entre los dos hombres. El juez fue inmisericorde y, a pesar de que Rimbaud retiró la denuncia, fue condenado por el juez Théodore t'Serstevens a dos años de prisión que cumple primero en Bruselas y posteriormente en el nuevo penal de Mons. Durante su estancia en la prisión (octubre de 1873 a enero de 1875) éste elabora la base de un libro que no verá nunca la luz ('Carcelariamente'). Su esposa obtiene la separación, tras un proceso iniciado en 1871. En prisión se convirtió al catolicismo, en la madrugada, escribió de una 'mística noche'. De esta conversión data probablemente el abandono de 'Carcelariamente' y la idea de recopilar 'Sabiduría'.
      Al salir de prisión, vuelve nuevamente a Inglaterra y después a Rethel, donde ejerce como profesor. En 1883, publica en la revista 'Lutèce' la primera serie de los 'poetas malditos' (Stéphane Mallarmé, Tristan Corbière, Arthur Rimbaud), una oda a 6 personas (uno de ellos él mismo, pero con otro nombre) incluido Rimbaud, a quien venera entre líneas. Junto con Mallarmé, es tratado como maestro y precursor por los poetas simbolistas y decadentistas. En 1884, publica 'Antaño y hogaño', que marca su vuelta a la vanguardia literaria, aunque el libro estuviera compuesto fundamentalmente por poemas anteriores a 1874. Y que junto con 'Paralelamente' (1888) forman parte de una gran antología.

Constantemente Verlaine se debatió entre dos mundos opuestos: lo que sentía por Rimbaud -y sus vicios y aficiones-, o la familia y tranquilidad con su joven esposa Mathilde Mauté de Fleurville. Como era de esperarse, el amor entre dos hombres era mal juzgado en esa época, sobretodo dentro de la élite parisina literaria a la que pertenecían, pero hacían caso omiso. Vivieron hundidos en sus vastas pasiones que viajaban en un carrusel de emociones, precisamente lo que los inspiró a escribir sus poemas definitivos. Para ellos fue una fase oscura de amor enfermizo que se convirtió en el simbolismo que los caracteriza, con sus versos contundentes y avanzados.
Rimbaud se retiró del universo literario al que estaba conquistando y regresó a Charleville y se recluyó en la granja familiar para escribir la única obra que publicó él mismo: 'Una temporada en el infierno', reconocida como una de las creaciones líricas pioneras del simbolismo moderno, y donde incluye una descripción de aquella 'menuda pareja', su vida con Verlaine -su 'virgen demente', y el 'esposo infernal'-. En 1874 regresó a Londres en compañía del poeta Germain Nouveau y escribió el fin de sus controvertidas 'Iluminaciones', que incluyen los dos primeros poemas en verso libre.

Rimbaud y Verlaine se encontraron por última vez en 1875, en Alemania, después de que éste recuperó la libertad y durante su momentánea conversión al catolicismo. Del encuentro, Rimbaud contó en una carta que conversando por unas cuantas horas «ya habíamos renegado de su Dios» y que Verlaine se quedó dos días y medio antes de regresar a París. Previamente a su marcha, Rimbaud le encargó a Verlaine sus manuscritos de 'Las Iluminaciones', pero para entonces Rimbaud ya había abandonado la escritura.
A partir de 1887, a medida que la fama de Verlaine crece, cae en la más negra de las miserias. Sus producciones literarias de esos años son puramente alimentarias. Entonces pasa el tiempo entre el café y el hospital. En sus últimos años fue elegido «Príncipe de los Poetas» (en 1894) y se le otorga una pensión. Prematuramente envejecido, muere en 1896, a los 51 años. Al día siguiente de su entierro, varios paseantes cuentan un hecho curioso: la estatua de la Poesía, ubicada en la plaza de la Ópera, perdió un brazo que se rompió junto con la lira que sujetaba, cuando su coche fúnebre pasaba por allí.

Indudablemente ese vínculo entre estos relevantes artistas líricos fue una relación turbulenta que les permitía, a partir de la destrucción como coyuntura, construir insuperables poemas. Se admiraban de forma recíproca y eran sus propios motores de creación, donde la locura, los celos y los sentimientos, inundan fehacientemente la obra de cada uno.

domingo, 6 de octubre de 2019

SAFO DE LESBOS, LA POETISA GRIEGA Y SÍMBOLO DEL AMOR-PASIÓN ENTRE MUJERES QUE OTORGÓ EL NOMBRE A LAS LESBIANAS

«Unos dicen que lo más bello sobre la oscura Tierra, son las tropas de jinetes. Otros, que la infantería, y algunos que un tropel de barcos. Pero yo digo que es lo que uno ama» — escribía Safo.

Safo de Lesbos, fue la poetisa griega que expresó por primera vez en la serena espontaneidad y franqueza, el amor entre mujeres de una forma atónita y cautivadora para muchos. Es la primordial artista femenina de las letras del mundo occidental. Platón la llamó "Safo, la seductora" y "La décima musa", un detalle que la sitúa en un estatus de resonancia y admiración inalcanzable en el ámbito de la poesía; sin embargo, paralelamente ha sido criticada por otros, en virtud de que diversas sociedades posteriores han considerado -y consideran- el amor y la pasión de mujer a mujer, un sinsentido. También conocida como Safo de Mitilene o simplemente Safo (en griego, Σαπφώ; en eolio, Ψάπφω), está erigida como una escritora de autoridad de la época arcaica. Más tarde, los comentaristas griegos la incluyeron en la lista de 'los nueve poetas líricos'.
Los rasgos característicos de su antología son la naturaleza (calmada y dulce), la belleza de la mujer, el erotismo, las fiestas matrimoniales... todo ello aderezado por una sensibilidad y dulzura insuperables. Asimismo, la unión de lo terrenal con lo divino va muy ligada a Safo, pues la personalidad de ésta estaba influenciada por su dedicación a Afrodita. Se ha dicho que fue tan distinta a las otras: turbadora y frágil, a la vez cándida y deslumbrante; un conmovedor imán de pasiones. Sus compatriotas contemporáneos la alabaron con gran ardor y enamoramiento, ponderando que 'sus palabras venían mezcladas con llamas'. Y, si bien, está suficientemente probado que no fue una cortesana, hay frases dedicadas a ella ensalzando su castidad y su nobleza de alma. Sus versos, escritos en dialecto eolio, han trascendido gracias a su naturalidad y pureza.

Safo nació en Lesbos, isla griega cercana a la costa de Asia Menor, ahí el mar baña las orillas donde creció la autora de numerosas estrofas y creaciones bucólicas-líricas; con la excepción de un corto exilio en Siracusa (actual Sicilia), en el año 593 a.C. No se saben muchos datos biográficos sobre ella, y sólo se conocen algunos trozos extraídos de citas tardías (tradición indirecta) y de papiros. Casi todos sus poemas existen lamentablemente de forma parcial, por el testimonio de otros autores que los mencionan. Entonces acerca de su vida personal, únicamente hay tejidos hipotéticos y conjeturas. La mayoría de éstos derivan de interpretaciones de su cúmulo poético, del cual se cree que ha llegado menos del 10%; es decir, tan sólo 650 versos. Safo era anti-helénica. Su familia perteneció a la oligarquía local. Fue parte de una sociedad llamada tiaso (θίασος), que era una comitiva al servicio del dios Dioniso (dios olímpico del vino) que se entregaba a todo tipo de éxtasis y placeres.
Más adelante conforma la llamada 'Casa de las servidoras de las Musas', cuyo hermetismo dentro de las paredes, levantaba alrededor rumores morbosos relacionados con las supuestas prácticas sexuales que ahí se llevaban a cabo. En la búsqueda de expandir los derechos de las mujeres, originalmente era un centro de formación donde aprendían literatura, danza y arte; a recitar poesía, a cantarla, a confeccionar coronas y colgantes de flores, entre otras habilidades. A partir de sus poemas se ha especulado con que Safo se enamoraba de sus discípulas y mantenía relaciones lésbicas con algunas de ellas. Todo esto la ha convertido en una representación simbólica del amor pasional entre mujeres, aunque según el relato se suicidó por un hombre en un amor no correspondido.

Esta academia que fundó en Lesbos, ayudó con sus clases a muchísimas mujeres en el aprendizaje. Ahí se han subrayado las particulares inclinaciones sexuales de la poetisa, unos dicen que era lesbiana, otros que era bisexual. Safo de Lesbos cantó el amor hacia sus alumnas con desfachatez y sin tapujos, sobretodo a Atthi, protagonista de muchos de sus poemas más dolorosos:

De veras, quisiera morirme.
Al despedirse de mí llorando,
me musitó las siguientes palabras:
«Amada Safo, negra suerte la mía.
De verdad que me da mucha
pena tener que dejarte.» Y yo le respondí:

«Vete tranquila. Procura no olvidarte de mí,
porque bien sabes que yo siempre estaré a tu lado.»
Cierta leyenda, surgida de algún extracto inherente a la poetisa, narra la historia de Faón, un hombre atractivo del que se enamoró la mismísima diosa Afrodita. Según el mito, Safo, inducida por la diosa, se suicidó desde la roca de Léucade lanzándose al mar cuando su amor por Faón no se vio retribuido. Esta roca de la isla de Léucade era, al parecer, el punto desde donde se lanzaban al acantilado con frecuencia los enamorados para suicidarse. Otra versión afirma que Safo lo escribió como metáfora de una decepción amorosa, ya que en uno de sus fragmentos se describe como alguien que ha llegado a la vejez, y es incapaz de amar. Esta imagen de Safo atormentada por un amor no recíproco fue representada a menudo por los grandes pintores europeos del siglo XIX, que reflejan una visión romántica de Safo con el pelo largo apoyada en la roca.

Pese a todas las parábolas que giran en su entorno (que si enamoraba a sus alumnas, que si se casó, que si era un demonio según los escritores de la Edad Media, que si su familia era aristocrática) lo que se sabe seguro es que Safo se enamoró con una intensidad que vislumbró en sus poemas, los cuales, ya inmortales plasmaron la pasión entre mujeres en una faceta innovadora.

¿Arde de nuevo el corazón inquieto?
¿A quién pretendes enredar en suave
Lazo de amores? ¿Quién tu red evita,
Mísera Safo?
κὤττι μοι μάλιστα θέλω γένεσθαι
μαινόλᾳ θύμῳ, τίνα δηὖτε πείθω
μαῖς ἄγην ἐς σὰν φιλότατα τίς τ, ὦ
Ψάπφ᾽, ἀδίκηει;
Que si te huye, tornará a tus brazos,
Y más propicio ofreceráte dones,
Y cuando esquives el ardiente beso,
Querrá besarte.
καὶ γάρ αἰ φεύγει, ταχέως διώξει,
αἰ δὲ δῶρα μὴ δέκετ ἀλλά δώσει,
αἰ δὲ μὴ φίλει ταχέως φιλήσει,
κωὐκ ἐθέλοισα.
Debido al claro abuso que se hizo de su término y origen, con intención evidentemente despectiva, hoy día se llama lesbiana a una mujer homosexual. Es de imaginar a los lectores de siglos posteriores, invadidos ya por la moral y por subversiones colectivas y religiones, refiriendo a Safo entre cervezas: "Tsé, ¿has leído a la lesbiana esa?", "¡Libertad sexual le daba yo", "¡Seguro que se acostaba con todas!". Pues eso es lo que pensaban -y piensan-.

Su extendida y mitificada obra refleja solamente la visión de la estrecha atmósfera social en que ella vivía, que se reducía a sus alumnas y a su familia; y del cual no describe prioritariamente su estilo de vida, sino sus vivencias interiores. Esto hace que el talento literario de Safo carezca de una perspectiva histórica y crítica de la sociedad griega. La sensibilidad y delicadeza propias del orbe femenino son las protagonistas de sus poemas, sentimientos encontrados con su círculo de aprendices: como la envidia, el amor, la decepción, la alegría y la rivalidad; porque no son censurados, más bien son colocados en su pleno esplendor. El mundo sáfico es un mundo de mujeres, en el que la rudeza y la fuerza son descartadas totalmente de sus poemas aunque la figura masculina complementa algunos de éstos, quizá necesariamente como parte del poliedro.
Safo incrusta en sus poemas la pasión amorosa que se apodera del ser humano y que se manifiesta en diversas formas: como los celos, el deseo o una intangible nostalgia. Aquel singular e intenso contenido amoroso de sus líneas propició toda clase de habladurías y suposiciones sobre su vida. Sus versos se recitaban y se conocían en la Atenas del s. V a.C. Más tarde, en Roma, los poetas latinos elogiaron su poesía. Allí había bustos de la poetisa (cf. el discurso de Cicerón contra Verres, acusado de robar un busto de Safo).

Tuvo tantos críticos y detractores, como admiradores entre las sucesivas generaciones del lirismo, así griegas como latinas. Safo y su compatriota Alceo son reconocidos como los poetas más asombrosos de la poesía lírica griega arcaica, de la que Terpandro y Arión son precedentes. Son, además, los únicos íconos representativos de una producción literaria lesbia. Safo de Lesbos ha sido probablemente la poetisa más traducida e imitada de la antigüedad clásica.

sábado, 28 de septiembre de 2019

LA EROTECA: "UN ENFADO, NUESTRA DULCE RECONCILIACIÓN… HAZME EL AMOR, OTRA VEZ, DESPACIO Y FURIOSAMENTE"

Todas las parejas discuten, todas las parejas tienen problemas; ninguna relación está exenta de malos momentos, de malos entendidos. Tampoco la nuestra. Sin embargo, los años juntos te anclan a una persona; pero lo más importante es saber que esas nimiedades, que esos pequeños errores que todos cometemos no son motivo para tirar por la borda lo que se ha construido. Bien dicen que errar es de humanos y rectificar es de sabios. Así que no hay que darle mayor relevancia a tonterías que, aunque claro, pueden causar pesar y en algunos casos algo de dolor, no son un verdadero motivo para fracturar algo hermoso, como lo es nuestro amor. Es por ello que vale la pena dedicar un tiempo a solucionar disidencias y antagonismos, y seguir adelante caminando unidos. Son nociones que reflexiono mientras estoy recostada en el sofá.
Creo que aquél fue un día extenso para los dos, al menos una tarde larga y exhaustiva emocionalmente. Nunca me ha sido fácil enfrentar las situaciones emocionales, pero decidí no dejar que mis taras mentales me consumieran. No vale la pena. Me veo en el espejo y tengo el rostro enrojecido, no puedo soltar un par de lágrimas sin que mi cara se convierta en un poema. Ambos hemos levantado la bandera de la paz, hemos hablado y dado por zanjado el tema, pero la tensión aún es palpable. Después de un rato dándonos un tiempo fuera, entras a la sala, te sientas junto a mí apoyándonos en el respaldo del sofá y nos miramos sin decirnos nada, sólo una risa tenue que rebaja la presión. Los minutos pasan y seguimos uno al costado del otro. Me vuelves a sonreír y extiendes tu mano colocándola entre la distancia que separa nuestros cuerpos, esperas expectante mi reacción. Te sonrío a medio lado, aproximo mis dedos hasta tu mano y los atrapas con fuerza y determinación. Hay silencio, escucho nuestra respiración, igual podría jurar que puedo sentir el latir de tu corazón.

Supongo que la siguiente acción es la adecuada, la justa y la necesaria para dar por terminado realmente el conflicto. Me siento a horcajadas sobre ti. Me atraes lo más que puedes y me estrechas tanto que me cuesta un poco respirar. Puede que en ocasiones no sé lidiar con las emociones, y menos en mi caso, que soy un completo torbellino de sentimientos. Me sigues arropando con tus brazos, cubriendo mi figura, es como si quisieras fusionarte conmigo. Yo también lo necesito. Cuando por fin luego de un rato me sueltas, aspiro y exhalo. Tu mano recorre mi rostro y secas esa diminuta lágrima traicionera que todavía se escapa: "ya mi amor", susurras con tal afecto que derrites todas mis defensas y me echo a tu pecho, aferrándome fuertemente. Hundo mi cabeza, acariciando tu cuello con mi nariz y dándote un suave beso. Me incorporo y apoyo mis manos en ti: "Sabes, necesitamos algo para dar esto por olvidado, me debes sexo de reconciliación, pero… quiero que me hagas el amor despacio y furiosamente, tonto". Y luego te doy otro beso en los labios. "Sé que un abrazo no es suficiente, ni los besos y caricias subsiguientes. Sé que costará cicatrizar la herida, pero también sé que con eso, se cicatriza antes".
Entonces acaricias mi cara, grabando en tu retina cada gesto, cada poro, cada minúsculo movimiento. Enclavas tus ojos en los míos, refulgentes por las lágrimas derramadas y te sumerges en sus inmensas profundidades. Poco a poco acercas tus labios con un ofrecimiento de reconciliación implícito y me das un beso, apenas un roce. Un beso casi tan tímido como el primero que me diste cuando nos conocimos. Deseas besarme, deseas abrazarme, deseas poder llenarme de felicidad y complacerme por completo y cuando te pido hacer el amor, cuando te digo esas palabras, son tus ojos los que no pueden contener una expresión; y me besas de nuevo, una y otra vez, con besos cada vez más duraderos y vehementes. Estamos hechos un desastre: besos ardientemente prolongados, con un deje de sabor salado. Nos miramos cordialmente, nuestros ojos se encargan de decirlo todo. Ahí van fragmentos de perdón, de amor, de unión infinita. Me abrazas, queremos ser uno, sentirnos. Sanarnos de la mejor manera que sabemos. En tu mirada veo el brillo de la esperanza, en la mía puedes ver el deseo de que todo quede olvidado. Tus acciones son precavidas, sigilosas. La pasión va en aumento, puedes sentir que mis latidos se van acelerando. "Siempre serás mi amor" -me dices-, disipando cualquier duda que se haya generado. Nuestro amor es la comunión perfecta. Y volvemos a fundirnos en besos cada vez más íntimos e intensos.

El amor, la pasión y la creciente excitación se solapan, se unifican con cada beso y con cada caricia. Tus manos asumen gradualmente mayores riesgos desafiando zonas peligrosas, aunque sigues con el temor de ser rechazado a causa de aquella discusión y tener que adicionar en nuestro distanciamiento unas horas más, pero te equivocas. Mi cuerpo se inmuta al toque de tus dedos, mis labios responden con reciprocidad a los tuyos y la temperatura empieza a subir en la sala. Tus caricias bajan por mi espalda hasta mi cintura, estrujándome con firmeza. Tras una sucesión de apasionados besos, te deslizas descendiendo y me aprietas el culo, y abres los ojos para ver cómo reacciono. Te abalanzas a mi cuello sin piedad, acoplando tu boca a mi garganta de la misma forma que los predadores nocturnos lo hacen con sus presas. "Te amo" -articulas-, después pronuncias mi nombre.
Mi respiración agitada, puedes sentirla cómo recorre tu piel. Alboroto tu cabello, juego con él, pues me encanta hacer eso contigo. Tu voz espontánea es como un encendedor en mi corazón y en mi mente. Me alejo un poco de ti, para mirarte fijamente: "Te amo, eres mío y siempre seré tuya, hasta el final de los tiempos y más allá". Vuelves a abalanzarte a mi cuello, ahora con más confianza, con más ímpetu gracias a la seguridad de mis palabras. Las chispas entre nosotros no se hacen esperar. Puedes sentir el vaivén de mis caderas, que me muevo ya con descaro cuando siento crecer algo duro. Muerdo tu cuello muy lentamente y luego el lóbulo de tu oreja, cosas que sé que te trastornan. "Eres mío, soy tuya" -repito dulcemente-.

Mis movimientos te producen algo que no puedes reprimir. Me transportas hasta la habitación, dejándome encima de la cama. Tus manos empiezan a desabrochar el cierre de mi falda, mientras tus labios buscan los míos con hambre. Siento la prisa y el deseo en tus dedos, en tus besos. La desabrochas y la sacas al vuelo. Me ruborizo al ver la mirada que me dedicas. Pienso que atacarás como siempre, pero me sorprende la calma con la que palpas mi cuerpo, y cómo tu boca avanza en pausas; subes mi muslo, te atraigo para sentirte más cerca. Puedes percibir mi total entrega, y yo la viveza de tus ojos y una notable erección. Tu boca abandona la mía y se dirige a mi cuello, presionando suavemente con tus labios para provocarme. Te apropias de mi aroma, de la tibieza de mi piel. Acaricias mi abdomen, redondeas mi ombligo y friccionas mi monte de venus aún protegido por mi ropa interior; tu boca sigue recorriendo mi cuello, bajando por mi garganta. Tus manos acarician mis piernas y pasas la punta de tus dedos por todo, erizando mi microscópico bello. Tu lengua rodea mis senos, transitando en espiral, muy lento, muy despacio, esperando una orden mía antes de lanzarte a mis pezones.
Mi cuerpo comienza a estremecerse, el restregar sutil de tus dedos me está enloqueciendo. Ciño un poco tu mano contra mis pezones y los lames con cierta obscenidad y a la vez con ternura y delicadeza. Mis primeros gemidos no se hacen esperar y me dejo llevar, forzando un poco más tu cabeza contra mi pecho. En mi muslo puedo sentir la dureza de tu miembro palpitante, lo cual sólo logra excitarme más. Te miro llena de lujuria y amor máximo, y me deleito contigo. Succionas mis pezones con serenidad y lascivia a partes iguales. Tus manos buscan mi humedad, intentas apartar el elástico para meterte dentro, para tener un acceso. Tocas mi clítoris con la punta de tu dedo y lo oprimes levemente, temeroso de hacerme daño. Tu erección es potentísima, tanto que ya no es posible retenerla dentro de tus pantalones.

Nuestras miradas se encuentran fijas por unos instantes, casi puedo asegurar que tenemos flashbacks de esa primera vez; puedo sentir tus nervios, tu ardor con cada roce. Una mueca de tu rostro hace que desvíe mi atención hacia tu pene aprisionado. Mi mano desciende y con mis dedos desabrocho el botón de tu pantalón, aprieto por encima de la ropa y sueltas un quejido que es extinguido por tus labios. La excitación crece sin parar. Rápidamente, te despojas de tu ropa quedando completamente desnudo y continúas con la mía. Estando ambos desnudos, nos quedamos en un abrazo en el que siento la presión de tu verga en mi cuerpo, y tú la de mis senos en el tuyo. Tus manos acarician todo mi cuerpo, toda mi piel, deleitándose con el suave tacto y sin poder evitarlo, se aferran a mis pechos al tiempo que tu boca se acopla a mis pezones, succionando y jugando con ellos con tu lengua. Tus manos se siguen y alargan el maravilloso viaje hacia las tierras del deseo.
Ahogo un gemido cuando tus dedos se acercan a mi empapada cueva. Separo un poco más mis piernas y siento cómo tu erección se clava más en mi cuerpo, suelto otros pequeños gemidos producto de la excitación alebrestada por tu boca, y luego tus dedos... uno de mis actos favoritos, es sentir tus dedos adentrándose. Bajo mi mano hasta llegar a tu pene súper-duro con ganas de acción y lo acaricio sosegadamente. Mi mano encajada ahí, te arranca un sonoro y delicioso jadeo. Tu boca sigue con su erótico juego y tu largo índice explorándome profundamente. Enseguida tu boca desciende. Tus dedos, ya empapados, se mueven con agilidad dentro de mí. Besas mi monte de venus. Besas mi rajita por encima, sin colarte dentro, sin saborearme, sin invadirme. Buscando mantener esa provocación en mí, coloco mis dedos por tu cabello, atrayéndote. Tus dedos se introducen con avidez hasta lo más hondo. Salen algunos gritos, muevo mis caderas intentando sentir más, cuando tu boca engulle mi clítoris. Mi cara desencajada de goce, mis dedos te obligan a pegarte más a mi intimidad. Admites con gusto la confirmación de mis intenciones y persigues mi disfrute con ahínco. Deseas que me empape, que me excite, que me extasíe. Buscas nuestro placer, nuestra excitación y nuestro perdón. Deseas que explote en un orgasmo tan intenso que me tiemblen las piernas y empape tu cara con mis flujos, por eso te entregas con todos tus sentidos.

Cierro mis ojos dejándome invadir por las sensaciones, por la forma en la que me devoras. Atraigo tu cabeza más hacia mí, olvidando todo y solamente sintiendo lo que me provocas. Mis gritos de placer no se hacen esperar, mis palabras de aliento pidiendo más y tus hábiles dedos y boca proporcionándome lo que deseo. Cuando sumerges a fondo un par de tus dedos rotándolos en mi interior no puedo resistir más, por la manera en cómo se contrae mi cuerpo sabes bien lo que debes hacer. Tu lengua saborea mi humedad, pruebas mi sabor que te gusta. Es lo que siempre me dices. Vuelvo a acercar tu cabeza contra mi intimidad, muevo mis caderas prácticamente follando tu rostro y cada una de tus lamidas me lleva al orden del éxtasis, cuando un grito más agudo que los demás te indica la proximidad de mi orgasmo y sólo con un par de lamidas más explotan mis jugos en tu boca. Recibes el orgasmo con gran satisfacción, bebiendo y relamiendo mis flujos. Me dejas ese lapso de relax que sigue al clímax, besándome desde abajo, y subiendo muy despacio hasta mi cuello y mis labios. Te colocas sobre mí, dejando caer el peso de tu cuerpo y susurrándome palabras de amor en mis oídos... Amándome, provocándome, arrancándome todo eso que se esconde allí.
Besas mi cuello nuevamente y te acomodas a mi lado, aún con tu verga dura contra mi cuerpo. Tras unos minutos de besos y caricias, tu verga empieza a abrir mi rajita, buscando la entrada, estimulado mi clítoris antes de la invasión. Sofoco un leve grito, cuando siento la cabeza de tu pene rozándome, todavía muy sensible por el reciente orgasmo. Me regalas una sonrisa y una mirada por la gratificación de saber que soy únicamente tuya. No puedo evitar ocultar mi rostro en tu cuello, tu respiración y todo aquéllo que me dices, sólo logran erizarme. Tu pene se pasea por todo lo largo de mi abertura, lo que sabes, me desespera. Diriges tu pene duro como una piedra, y te adentras en mi interior. Es una penetración sumamente lenta, que nos perturba. Sigo recordando el disfrute que siempre ha implicado nuestra historia, mientras sujeto tu rostro con mis manos y te acerco a mis labios. Cuando entras por completo, un gemido es acallado por tu lengua que avasalla sin prisas, pero con mucha fogosidad mi boca. Inicias un movimiento lento y abismal que despierta todo.

Estamos compenetrados, unidos como uno solo. El ritmo profundo y delirante, nos permite disfrutar de besos y caricias que dejaríamos de lado entregados a la lujuria y al desenfreno. Tus manos acarician mi cara, en tanto que nuestras acompasadas respiraciones delatan lo que sentimos mutuamente. Queremos captar cada momento, grabar en nuestra memoria cada placentera sensación multiplicada por el amor que profesamos el uno por el otro. Cada estocada es insondable, es un ritmo arrebatador para ambos. Las caricias tiernas se hacen presentes más visibles que en otras ocasiones. En nuestras bocas hay deseo y necesidad. Tantas expresiones que no pueden ser descritas, sino sentirse y entenderse. Recibo tus besos mordiendo tu labio. Cuando te clavas por completo en mí, consigues sacarme un gemido que rompe la armonía creada por el sonido de nuestros cuerpos.
La penetración está acompañada y cargada de sentimientos: amor, pasión y lujuria en equivalencia. Tus manos se cuelan detrás de mí, acariciando mi espalda y me abrazan enérgicamente, pegándome a ti. Miras mi cara con los ojos cerrados y los labios apretados y no puedes evitar enternecerte, y algo muy tuyo me revela el amor que sientes por mí. Seguimos unidos, moviéndonos al compás, atesorando cada sensación y aproximándonos a un orgasmo cada vez más cercano. Tus brazos rodean mi espalda, cubierta toda por tu fuerte dimensión. Cambias la inclinación haciendo más al fondo el coito, con mis gemidos cada vez más estruendosos me muevo abrumada por cómo me posees. Cuando nuestras miradas vuelven a cruzarse y observas el primer plano de mi rostro desencajado por el placer, mis mejillas se sonrojan más aún; lo que sé, te encanta.

La sensación no puede ser mejor: un éxtasis combinado con amor y ternura, en una mezcla perfecta. Aumentas ligeramente el ritmo de la penetración, así como más dureza en la embestida, arrancándonos sonidos de excitación plena. Tu boca busca la mía. Tus manos buscan mi piel. Cuando nuestras lenguas se rodean la una a la otra, presionas mis caderas y el orgasmo es cada vez más inminente. "Mi amor... estoy... a punto...". Puedes leer todas las emociones en mi rostro, cuando logras decir ese enunciado entrecortado; apenas puedo contestar algo, notas esa expresión característica de mí cuando estoy llegando a la cúspide: "... y yo..." -digo eso en una casi imperceptible frase-. Mis gemidos se intensifican gracias a tus arremetidas, puedo sentir cómo tu pene entra hasta lo más recóndito de mí. Elevo más mis caderas y nos besamos exasperadamente, y poco es lo que puedo resistir, tus potentes embestidas me agitan y me llevan a un intenso orgasmo explosivo.
Cuando sientes que mis contracciones y mis flujos bañan tu verga, intentas aguantar más, pero te resulta imposible. Tus dedos se entierran a mi piel al tiempo que un poderoso orgasmo sacude tu cuerpo inundando mi útero. Con cada chorro, dejas escapar un jadeo y cada vibración te une más a mí. Tras unos segundos de tan oscilante placer, te dejas caer sobre mí, quedando perfectamente acoplados y en un contacto total. Nuestros labios se unen y me remuevo un poco la cantidad de leche que has descargado en mí, es muy considerable, hacía tiempo que no me llenabas así y es una de las mejores sensaciones. Tu pene termina con unos cuantos latigazos más, está encajado todavía adentro. Las caricias íntimas no se hacen esperar, la unión de nuestros cuerpos es extrema: "me encanta cuando te corres en mí, me hace sentir tan tuya" -admito con timidez-.

Al final del intensísimo orgasmo, siguen las caricias y los arrumacos. Tus párpados pesan cada vez más, tu cabeza reposa sobre mi cuerpo y te acomodas en mí, hipnotizado por los latidos de mi corazón. Mientras me das un tironcito de cabello y seguimos con las demostraciones de amor, el sueño empieza a alcanzarnos, luego de un día tan cargado de emociones. Me sonrojo inevitablemente al sentir como se escapan los hilillos de leche desde mi interior, "creo que necesito limpiarme...".


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