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lunes, 28 de octubre de 2019

LA EROTECA: "FRESAS CON CREMA EN CADA RINCÓN DE MI CUERPO… ES PARA TI Y SOLAMENTE PARA TI" (OTRA VEZ EN CDMX)

        Les voy a contar algo... Ya les dije que él volvió de nuevo a pasar otros días de trabajo aquí en Ciudad de México, entonces nos veíamos cada tarde después de nuestras ocupaciones; así que durante su estancia, prácticamente teníamos sexo diario. Todo era felicidad para mí, manteníamos hace ya mucho tiempo una relación genial, casi perfecta. Un día de esos, se me ocurrió pedirle que pasáramos una noche completa en mi casa; quería ser suya en mi cama, bajo mis sábanas. Al principio se opuso, pero cuando le dije que todos saldrían el fin de semana siguiente, aceptó. Así que estaba la oportunidad de amarnos sin escondernos de nadie y gozar de nuestro amor e intimidad. El resto de la semana me pareció eterno, pero llegó el sábado. Cuando por fin se habían ido, comencé a preparar el que sería nuestro nido de amor por unas horas.
Él llegó puntual a las seis de la tarde, yo lo estaba esperando vistiendo una bata de encaje transparente de color rosa que me había regalado. En juego me puse una tanga y un bra del mismo color y tela, y claro está, descalza ¡tal como le gusta! Sólo quería hacer todo para sorprenderlo. Tocó el timbre, abrí y al estar en la puerta de mi casa, le di un tirón para hacerlo entrar rápidamente. No podía arriesgarme a que algún vecino lo viera. Ya adentro, nos fundimos en un largo y tierno beso. Fue un beso suave y muy prolongado, no había prisas, teníamos toda la tarde y la noche entera para nosotros. Pasamos al comedor donde reímos y hablamos de todo, mientras le serví lo que yo misma le había preparado para la comida. Al terminar le llevé el postre, eran fresas con crema. Le dejé la copa con sus fresas, me jaló hacia él y me sentó sobre la mesa para quedar ambos de frente. Acercó el bote de crema y untó una gran cantidad en mis piernas y abdomen y con su lengua empezó a lamerme muy lentamente.

Tomó una fresa y tras el ritual de pasarla por mis labios y humedecerla con la lengua, la deslizó ardiente por mi barbilla y fue bajando para delinear el canalillo entre mis senos, recorriendo mis pezones que ya estaban totalmente duros. Le guié sus dedos y le di a morder la fresa, para luego pasarla otra vez por mis pezones, impregnándolos del jugo. Seguía lamiéndolos con tal fuerza, que los probaba y los succionaba saboreando el néctar de la fruta. Enseguida terminamos de comer el resto de la fresa. Él veía cómo me mordía el labio inferior, para indicarle que me gustaba.
Ya había dejado mi abdomen sin rastro de crema, pero volvió a tomar el bote y me embadurnó el brassiere y de igual forma se dedicó a limpiarme. Yo estaba gozando mucho, no lo habíamos hecho antes. Ahí me encontraba sobre la mesa, semidesnuda y disfrutando sus caricias irresistibles; lo que me llenaba de una inmensa morbosidad. Mi vagina escurría gran cantidad de líquidos. Él lo notó y mientras seguía chupando mi sostén, su mano ya había entrado dentro de mi ropa interior y jugaba con mi entrada y mis labios vaginales. Su boca fue descendiendo hasta llegar a mi tanga, con sus manos la levantó un poco y puso gran cantidad de crema sobre mi monte de venus. Era tanta la crema colocada ahí, que se abultaba con el relleno y se esparcía a los lados desparramándose. Me abrió las piernas y empezó a deleitarse con la crema que se salía. Yo sentía algo así como descargas eléctricas en mi vientre, experimentaba su lengua tan cerca y la frescura de la crema sobre mi vagina -y ya una parte también dentro de sus profundidades- que me hacían sentir miles de sensaciones y emociones raras… diferentes, excitantes. Estaba simplemente enloquecida.

Mi vagina seguía escurriendo. Ahora mis líquidos estaban mezclados con la crema y mi tanga empapada. Él aún no circundaba su lengua a la orilla, pero debo decir que con este juego, tuve mi primer orgasmo de la tarde. Cuando por fin su lengua llegó a posarse, sentí morirme, su lengua presionaba mi tanga contra mi vagina y al tiempo que la crema se volvía a salir por los lados, otra parte de ésta se introducía en mí, llenándome. Sus dedos fueron retirándome la ropa interior por completo y me encantó como se veía mi entrepierna toda llena de crema. Me entregó la tanga que acababa de quitarme y sin pensarlo me la llevé a la boca, tenía un sabor delicioso, mis líquidos le daban un sabor diferente a la crema.
Estaba extasiada saboreando mi prenda cuando sentí su lengua sobre mi vagina, jugaba con mis labios de una forma magnífica. Con sus movimientos entraba en mí, intentando sacar hasta el último residuo de la crema que ahí se había metido; aunque después no sólo su lengua hurgaba dentro de mí, dos de sus dedos se le unieron en la búsqueda de más crema en mi interior. Cuando terminó de chuparme dejándome completamente limpia, yo estaba desfallecida, había sido un inmenso placer y sin la necesidad de penetrarme.

Una vez recuperada, lo vi sentado en la silla, observándome. Le pregunté qué pensaba y me respondió que le gustaba admirarme, que lo tenía loco y que mi cuerpo le encantaba. Me bajé de la mesa y me arrodillé frente a él bajándole el cierre del pantalón, le dije que él ya había comido su postre y que ahora me tocaba a mí. Así que dejé libre ese duro y grueso pene, le unté crema por todo lo largo -más en la punta- y empecé a chuparlo precisamente como si fuese un helado. Mi lengua recorría todo su tronco y cuando se acababa la crema volvía a ponerle más, cual insaciable. En verdad pude percibir que estaba disfrutando esas succionadas que le daba. Su respiración aumentaba de ritmo y sus jadeos me indicaban que muy pronto eyacularía, así que me metí casi la totalidad de ese riquísimo pene entre mis labios y con mi mano derecha lo masturbaba y con la izquierda acariciaba su abdomen. Sentí la gloria cuando varios chorros de semen llenaron mi boca, que por lo abrupto me costó trabajo tomarme, pero no dejé que se escapara ni una sola gota. Nos miramos, nos besamos y nos acomodamos la ropa para pasar a la sala a ver televisión.
Al caer la noche, nos dispusimos a irnos a acostar, pero estaba muy interesante la película que pasaban. Al terminar de verla, fuimos a la recámara y nos abrazamos besándonos, su lengua hurgaba en mi boca y sus manos retiraban de mi cuerpo la bata y cada una de mis prendas. En segundos me dejó toda desnuda, sus dedos hacían maravillas en mi piel, yo no podía más y casi le arranqué la ropa. Sentir su cuerpo desnudo era fenomenal. Su calidez, la dureza de su miembro rosando mi abdomen. Se recostó sobre mí y podía sentir su pene rosando la entrada de mi vagina.

Por reflejo, ante esta sensación, abrí las piernas para darle entrada a mi interior. Su pene con mi lubricación, sin esfuerzo, se perdió completamente. El ritmo al principio era lento, entraba y salía de mí, dándome un placer intenso; un largo rato lo hicimos así, queríamos hacer de esa madrugada algo único y especial. Espontáneamente, fue subiendo la velocidad de sus movimientos y yo aumentaba el sonido de mis gemidos hasta hacer que fueran gritos. A gritos le decía cuanto lo amaba y el placer que me daba. Gritando le pedía que no se detuviera, que me siguiera penetrando así. Olvidé por completo pensar si había alguien alrededor. Me llenó mi vagina con su candente y espeso semen y volví a gritarle que necesitaba que me extasiara con su leche. Descansamos un rato, pero deseaba aún más, así que me acomodé para poder chuparle su miembro y ya levantado, bajé poco a poco haciendo que se perdiera a través de mi ano. Cuando sentí dentro aproximadamente la mitad, me dejé caer para que entrara de un solo golpe. De mi garganta escapó un grito enorme de dolor y placer. Hubo muchísimos más, cada metida que me daba, era un grito que escapaba. Sin medir consecuencias ni recordando el lugar donde estaba, le decía que me partiera en dos, que me perturbaba como me cogía, que quería que me llenara con su semen. Estaba completamente fuera de mí, me sentía feliz, en éxtasis, en las nubes, como drogada por el placer; me sentía en pocas palabras, la más puta del mundo y así lo exclamé, le dije que era fantástico ser su puta, que nadie me haría gozar nunca como él. Todo parecía excitarle, que le dijera todas esas cosas le calentaban y más fuerte me bombeaba el culo.
No sé bien a bien que tiempo pasó, pero hice que dos veces me llenara con su semen, perdí la cuenta de la cantidad de orgasmos que tuve estando así ensartada por ese mágico falo del placer. Me bajé de él y me recosté dándole la espalda, levanté una de mis piernas y aprovechando que aún estaba erecto, me lo volví a introducir y bajé mi pierna haciendo presión al máximo en su pene entre mis nalgas. No nos movíamos, sólo sentía su dureza dentro. Ya a estas alturas sentía un pequeño ardor en mi ano, pero no me importaba, quería seguir sintiendo su pene llenándome por completo. Así nos ganó el sueño y permaneció dentro hasta el día siguiente.

Desperté por las embestidas, sacando y metiendo su pene en mí. Fue un despertar único. Volvió a mí la lujuria y mi respiración aumentaba, pero no grité como la noche anterior; creo que ya no tenía fuerzas. Entre gemidos le pedí que me avisara cuando fuera a terminar, él asintió con la cabeza. Al poco rato de mi petición, lo oí decirme de forma entrecortada "mi amor, me vas a hacer acabar". Escuché esto, saqué rápidamente su pene y me coloqué de hinojos sobre la cama para chuparlo. Casi se lo arrancaba con la succión de mis labios. Sentí grandes chorros de semen, pero en esta ocasión no me lo tomé, lo guardé en mi boca y cuando estuve segura que no quedaba más, abrí la boca para verter ese semen sobre su pene todavía duro. Lo cubrí por completo y lo acariciaba y, de vez en vez, lo volvía a chupar. Se sentía rico y pegajoso acariciarlo, mientras embarraba el semen a todo lo largo de su miembro.
Habíamos disfrutado como nunca esa cogida. Cuando me levanté de chuparle todo, mi mirada estaba cargada de toda la pasión sentida. Al mismo tiempo, me sentía amada y protegida por él. Creo que ha sido de nuestros mejores encuentros.

sábado, 28 de septiembre de 2019

LA EROTECA: "UN ENFADO, NUESTRA DULCE RECONCILIACIÓN… HAZME EL AMOR, OTRA VEZ, DESPACIO Y FURIOSAMENTE"

Todas las parejas discuten, todas las parejas tienen problemas; ninguna relación está exenta de malos momentos, de malos entendidos. Tampoco la nuestra. Sin embargo, los años juntos te anclan a una persona; pero lo más importante es saber que esas nimiedades, que esos pequeños errores que todos cometemos no son motivo para tirar por la borda lo que se ha construido. Bien dicen que errar es de humanos y rectificar es de sabios. Así que no hay que darle mayor relevancia a tonterías que, aunque claro, pueden causar pesar y en algunos casos algo de dolor, no son un verdadero motivo para fracturar algo hermoso, como lo es nuestro amor. Es por ello que vale la pena dedicar un tiempo a solucionar disidencias y antagonismos, y seguir adelante caminando unidos. Son nociones que reflexiono mientras estoy recostada en el sofá.
Creo que aquél fue un día extenso para los dos, al menos una tarde larga y exhaustiva emocionalmente. Nunca me ha sido fácil enfrentar las situaciones emocionales, pero decidí no dejar que mis taras mentales me consumieran. No vale la pena. Me veo en el espejo y tengo el rostro enrojecido, no puedo soltar un par de lágrimas sin que mi cara se convierta en un poema. Ambos hemos levantado la bandera de la paz, hemos hablado y dado por zanjado el tema, pero la tensión aún es palpable. Después de un rato dándonos un tiempo fuera, entras a la sala, te sientas junto a mí apoyándonos en el respaldo del sofá y nos miramos sin decirnos nada, sólo una risa tenue que rebaja la presión. Los minutos pasan y seguimos uno al costado del otro. Me vuelves a sonreír y extiendes tu mano colocándola entre la distancia que separa nuestros cuerpos, esperas expectante mi reacción. Te sonrío a medio lado, aproximo mis dedos hasta tu mano y los atrapas con fuerza y determinación. Hay silencio, escucho nuestra respiración, igual podría jurar que puedo sentir el latir de tu corazón.

Supongo que la siguiente acción es la adecuada, la justa y la necesaria para dar por terminado realmente el conflicto. Me siento a horcajadas sobre ti. Me atraes lo más que puedes y me estrechas tanto que me cuesta un poco respirar. Puede que en ocasiones no sé lidiar con las emociones, y menos en mi caso, que soy un completo torbellino de sentimientos. Me sigues arropando con tus brazos, cubriendo mi figura, es como si quisieras fusionarte conmigo. Yo también lo necesito. Cuando por fin luego de un rato me sueltas, aspiro y exhalo. Tu mano recorre mi rostro y secas esa diminuta lágrima traicionera que todavía se escapa: "ya mi amor", susurras con tal afecto que derrites todas mis defensas y me echo a tu pecho, aferrándome fuertemente. Hundo mi cabeza, acariciando tu cuello con mi nariz y dándote un suave beso. Me incorporo y apoyo mis manos en ti: "Sabes, necesitamos algo para dar esto por olvidado, me debes sexo de reconciliación, pero… quiero que me hagas el amor despacio y furiosamente, tonto". Y luego te doy otro beso en los labios. "Sé que un abrazo no es suficiente, ni los besos y caricias subsiguientes. Sé que costará cicatrizar la herida, pero también sé que con eso, se cicatriza antes".
Entonces acaricias mi cara, grabando en tu retina cada gesto, cada poro, cada minúsculo movimiento. Enclavas tus ojos en los míos, refulgentes por las lágrimas derramadas y te sumerges en sus inmensas profundidades. Poco a poco acercas tus labios con un ofrecimiento de reconciliación implícito y me das un beso, apenas un roce. Un beso casi tan tímido como el primero que me diste cuando nos conocimos. Deseas besarme, deseas abrazarme, deseas poder llenarme de felicidad y complacerme por completo y cuando te pido hacer el amor, cuando te digo esas palabras, son tus ojos los que no pueden contener una expresión; y me besas de nuevo, una y otra vez, con besos cada vez más duraderos y vehementes. Estamos hechos un desastre: besos ardientemente prolongados, con un deje de sabor salado. Nos miramos cordialmente, nuestros ojos se encargan de decirlo todo. Ahí van fragmentos de perdón, de amor, de unión infinita. Me abrazas, queremos ser uno, sentirnos. Sanarnos de la mejor manera que sabemos. En tu mirada veo el brillo de la esperanza, en la mía puedes ver el deseo de que todo quede olvidado. Tus acciones son precavidas, sigilosas. La pasión va en aumento, puedes sentir que mis latidos se van acelerando. "Siempre serás mi amor" -me dices-, disipando cualquier duda que se haya generado. Nuestro amor es la comunión perfecta. Y volvemos a fundirnos en besos cada vez más íntimos e intensos.

El amor, la pasión y la creciente excitación se solapan, se unifican con cada beso y con cada caricia. Tus manos asumen gradualmente mayores riesgos desafiando zonas peligrosas, aunque sigues con el temor de ser rechazado a causa de aquella discusión y tener que adicionar en nuestro distanciamiento unas horas más, pero te equivocas. Mi cuerpo se inmuta al toque de tus dedos, mis labios responden con reciprocidad a los tuyos y la temperatura empieza a subir en la sala. Tus caricias bajan por mi espalda hasta mi cintura, estrujándome con firmeza. Tras una sucesión de apasionados besos, te deslizas descendiendo y me aprietas el culo, y abres los ojos para ver cómo reacciono. Te abalanzas a mi cuello sin piedad, acoplando tu boca a mi garganta de la misma forma que los predadores nocturnos lo hacen con sus presas. "Te amo" -articulas-, después pronuncias mi nombre.
Mi respiración agitada, puedes sentirla cómo recorre tu piel. Alboroto tu cabello, juego con él, pues me encanta hacer eso contigo. Tu voz espontánea es como un encendedor en mi corazón y en mi mente. Me alejo un poco de ti, para mirarte fijamente: "Te amo, eres mío y siempre seré tuya, hasta el final de los tiempos y más allá". Vuelves a abalanzarte a mi cuello, ahora con más confianza, con más ímpetu gracias a la seguridad de mis palabras. Las chispas entre nosotros no se hacen esperar. Puedes sentir el vaivén de mis caderas, que me muevo ya con descaro cuando siento crecer algo duro. Muerdo tu cuello muy lentamente y luego el lóbulo de tu oreja, cosas que sé que te trastornan. "Eres mío, soy tuya" -repito dulcemente-.

Mis movimientos te producen algo que no puedes reprimir. Me transportas hasta la habitación, dejándome encima de la cama. Tus manos empiezan a desabrochar el cierre de mi falda, mientras tus labios buscan los míos con hambre. Siento la prisa y el deseo en tus dedos, en tus besos. La desabrochas y la sacas al vuelo. Me ruborizo al ver la mirada que me dedicas. Pienso que atacarás como siempre, pero me sorprende la calma con la que palpas mi cuerpo, y cómo tu boca avanza en pausas; subes mi muslo, te atraigo para sentirte más cerca. Puedes percibir mi total entrega, y yo la viveza de tus ojos y una notable erección. Tu boca abandona la mía y se dirige a mi cuello, presionando suavemente con tus labios para provocarme. Te apropias de mi aroma, de la tibieza de mi piel. Acaricias mi abdomen, redondeas mi ombligo y friccionas mi monte de venus aún protegido por mi ropa interior; tu boca sigue recorriendo mi cuello, bajando por mi garganta. Tus manos acarician mis piernas y pasas la punta de tus dedos por todo, erizando mi microscópico bello. Tu lengua rodea mis senos, transitando en espiral, muy lento, muy despacio, esperando una orden mía antes de lanzarte a mis pezones.
Mi cuerpo comienza a estremecerse, el restregar sutil de tus dedos me está enloqueciendo. Ciño un poco tu mano contra mis pezones y los lames con cierta obscenidad y a la vez con ternura y delicadeza. Mis primeros gemidos no se hacen esperar y me dejo llevar, forzando un poco más tu cabeza contra mi pecho. En mi muslo puedo sentir la dureza de tu miembro palpitante, lo cual sólo logra excitarme más. Te miro llena de lujuria y amor máximo, y me deleito contigo. Succionas mis pezones con serenidad y lascivia a partes iguales. Tus manos buscan mi humedad, intentas apartar el elástico para meterte dentro, para tener un acceso. Tocas mi clítoris con la punta de tu dedo y lo oprimes levemente, temeroso de hacerme daño. Tu erección es potentísima, tanto que ya no es posible retenerla dentro de tus pantalones.

Nuestras miradas se encuentran fijas por unos instantes, casi puedo asegurar que tenemos flashbacks de esa primera vez; puedo sentir tus nervios, tu ardor con cada roce. Una mueca de tu rostro hace que desvíe mi atención hacia tu pene aprisionado. Mi mano desciende y con mis dedos desabrocho el botón de tu pantalón, aprieto por encima de la ropa y sueltas un quejido que es extinguido por tus labios. La excitación crece sin parar. Rápidamente, te despojas de tu ropa quedando completamente desnudo y continúas con la mía. Estando ambos desnudos, nos quedamos en un abrazo en el que siento la presión de tu verga en mi cuerpo, y tú la de mis senos en el tuyo. Tus manos acarician todo mi cuerpo, toda mi piel, deleitándose con el suave tacto y sin poder evitarlo, se aferran a mis pechos al tiempo que tu boca se acopla a mis pezones, succionando y jugando con ellos con tu lengua. Tus manos se siguen y alargan el maravilloso viaje hacia las tierras del deseo.
Ahogo un gemido cuando tus dedos se acercan a mi empapada cueva. Separo un poco más mis piernas y siento cómo tu erección se clava más en mi cuerpo, suelto otros pequeños gemidos producto de la excitación alebrestada por tu boca, y luego tus dedos... uno de mis actos favoritos, es sentir tus dedos adentrándose. Bajo mi mano hasta llegar a tu pene súper-duro con ganas de acción y lo acaricio sosegadamente. Mi mano encajada ahí, te arranca un sonoro y delicioso jadeo. Tu boca sigue con su erótico juego y tu largo índice explorándome profundamente. Enseguida tu boca desciende. Tus dedos, ya empapados, se mueven con agilidad dentro de mí. Besas mi monte de venus. Besas mi rajita por encima, sin colarte dentro, sin saborearme, sin invadirme. Buscando mantener esa provocación en mí, coloco mis dedos por tu cabello, atrayéndote. Tus dedos se introducen con avidez hasta lo más hondo. Salen algunos gritos, muevo mis caderas intentando sentir más, cuando tu boca engulle mi clítoris. Mi cara desencajada de goce, mis dedos te obligan a pegarte más a mi intimidad. Admites con gusto la confirmación de mis intenciones y persigues mi disfrute con ahínco. Deseas que me empape, que me excite, que me extasíe. Buscas nuestro placer, nuestra excitación y nuestro perdón. Deseas que explote en un orgasmo tan intenso que me tiemblen las piernas y empape tu cara con mis flujos, por eso te entregas con todos tus sentidos.

Cierro mis ojos dejándome invadir por las sensaciones, por la forma en la que me devoras. Atraigo tu cabeza más hacia mí, olvidando todo y solamente sintiendo lo que me provocas. Mis gritos de placer no se hacen esperar, mis palabras de aliento pidiendo más y tus hábiles dedos y boca proporcionándome lo que deseo. Cuando sumerges a fondo un par de tus dedos rotándolos en mi interior no puedo resistir más, por la manera en cómo se contrae mi cuerpo sabes bien lo que debes hacer. Tu lengua saborea mi humedad, pruebas mi sabor que te gusta. Es lo que siempre me dices. Vuelvo a acercar tu cabeza contra mi intimidad, muevo mis caderas prácticamente follando tu rostro y cada una de tus lamidas me lleva al orden del éxtasis, cuando un grito más agudo que los demás te indica la proximidad de mi orgasmo y sólo con un par de lamidas más explotan mis jugos en tu boca. Recibes el orgasmo con gran satisfacción, bebiendo y relamiendo mis flujos. Me dejas ese lapso de relax que sigue al clímax, besándome desde abajo, y subiendo muy despacio hasta mi cuello y mis labios. Te colocas sobre mí, dejando caer el peso de tu cuerpo y susurrándome palabras de amor en mis oídos... Amándome, provocándome, arrancándome todo eso que se esconde allí.
Besas mi cuello nuevamente y te acomodas a mi lado, aún con tu verga dura contra mi cuerpo. Tras unos minutos de besos y caricias, tu verga empieza a abrir mi rajita, buscando la entrada, estimulado mi clítoris antes de la invasión. Sofoco un leve grito, cuando siento la cabeza de tu pene rozándome, todavía muy sensible por el reciente orgasmo. Me regalas una sonrisa y una mirada por la gratificación de saber que soy únicamente tuya. No puedo evitar ocultar mi rostro en tu cuello, tu respiración y todo aquéllo que me dices, sólo logran erizarme. Tu pene se pasea por todo lo largo de mi abertura, lo que sabes, me desespera. Diriges tu pene duro como una piedra, y te adentras en mi interior. Es una penetración sumamente lenta, que nos perturba. Sigo recordando el disfrute que siempre ha implicado nuestra historia, mientras sujeto tu rostro con mis manos y te acerco a mis labios. Cuando entras por completo, un gemido es acallado por tu lengua que avasalla sin prisas, pero con mucha fogosidad mi boca. Inicias un movimiento lento y abismal que despierta todo.

Estamos compenetrados, unidos como uno solo. El ritmo profundo y delirante, nos permite disfrutar de besos y caricias que dejaríamos de lado entregados a la lujuria y al desenfreno. Tus manos acarician mi cara, en tanto que nuestras acompasadas respiraciones delatan lo que sentimos mutuamente. Queremos captar cada momento, grabar en nuestra memoria cada placentera sensación multiplicada por el amor que profesamos el uno por el otro. Cada estocada es insondable, es un ritmo arrebatador para ambos. Las caricias tiernas se hacen presentes más visibles que en otras ocasiones. En nuestras bocas hay deseo y necesidad. Tantas expresiones que no pueden ser descritas, sino sentirse y entenderse. Recibo tus besos mordiendo tu labio. Cuando te clavas por completo en mí, consigues sacarme un gemido que rompe la armonía creada por el sonido de nuestros cuerpos.
La penetración está acompañada y cargada de sentimientos: amor, pasión y lujuria en equivalencia. Tus manos se cuelan detrás de mí, acariciando mi espalda y me abrazan enérgicamente, pegándome a ti. Miras mi cara con los ojos cerrados y los labios apretados y no puedes evitar enternecerte, y algo muy tuyo me revela el amor que sientes por mí. Seguimos unidos, moviéndonos al compás, atesorando cada sensación y aproximándonos a un orgasmo cada vez más cercano. Tus brazos rodean mi espalda, cubierta toda por tu fuerte dimensión. Cambias la inclinación haciendo más al fondo el coito, con mis gemidos cada vez más estruendosos me muevo abrumada por cómo me posees. Cuando nuestras miradas vuelven a cruzarse y observas el primer plano de mi rostro desencajado por el placer, mis mejillas se sonrojan más aún; lo que sé, te encanta.

La sensación no puede ser mejor: un éxtasis combinado con amor y ternura, en una mezcla perfecta. Aumentas ligeramente el ritmo de la penetración, así como más dureza en la embestida, arrancándonos sonidos de excitación plena. Tu boca busca la mía. Tus manos buscan mi piel. Cuando nuestras lenguas se rodean la una a la otra, presionas mis caderas y el orgasmo es cada vez más inminente. "Mi amor... estoy... a punto...". Puedes leer todas las emociones en mi rostro, cuando logras decir ese enunciado entrecortado; apenas puedo contestar algo, notas esa expresión característica de mí cuando estoy llegando a la cúspide: "... y yo..." -digo eso en una casi imperceptible frase-. Mis gemidos se intensifican gracias a tus arremetidas, puedo sentir cómo tu pene entra hasta lo más recóndito de mí. Elevo más mis caderas y nos besamos exasperadamente, y poco es lo que puedo resistir, tus potentes embestidas me agitan y me llevan a un intenso orgasmo explosivo.
Cuando sientes que mis contracciones y mis flujos bañan tu verga, intentas aguantar más, pero te resulta imposible. Tus dedos se entierran a mi piel al tiempo que un poderoso orgasmo sacude tu cuerpo inundando mi útero. Con cada chorro, dejas escapar un jadeo y cada vibración te une más a mí. Tras unos segundos de tan oscilante placer, te dejas caer sobre mí, quedando perfectamente acoplados y en un contacto total. Nuestros labios se unen y me remuevo un poco la cantidad de leche que has descargado en mí, es muy considerable, hacía tiempo que no me llenabas así y es una de las mejores sensaciones. Tu pene termina con unos cuantos latigazos más, está encajado todavía adentro. Las caricias íntimas no se hacen esperar, la unión de nuestros cuerpos es extrema: "me encanta cuando te corres en mí, me hace sentir tan tuya" -admito con timidez-.

Al final del intensísimo orgasmo, siguen las caricias y los arrumacos. Tus párpados pesan cada vez más, tu cabeza reposa sobre mi cuerpo y te acomodas en mí, hipnotizado por los latidos de mi corazón. Mientras me das un tironcito de cabello y seguimos con las demostraciones de amor, el sueño empieza a alcanzarnos, luego de un día tan cargado de emociones. Me sonrojo inevitablemente al sentir como se escapan los hilillos de leche desde mi interior, "creo que necesito limpiarme...".


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viernes, 21 de junio de 2019

LA EROTECA: EL LENGUAJE SEXUAL GENUINO A TRAVÉS DE LOS GEMIDOS COMO TRANSMISIÓN NO VERBAL

"Las palabras se caen de mis manos...
y el DOLOR de mi lengua"
(Pablo de Rokha)

         A veces no se necesitan las palabras, se prescinden de ellas. Es una vía de doble sentido durante el acto sexual. Y estar en el acto, es encontrarse en un momento totalmente primitivo, sublime y vulnerable en el que cada persona debe adentrarse y disfrutar.
       En el desarrollo pleno de la sexualidad, mientras más información, más herramientas tienen las parejas a su alcance para experimentar su relación sin cortapisas que les bloqueen o impidan la culminación de cada acto sexual; como es el caso de un elemento tan natural, como lo sonidos y las emisiones no verbales que se desprenden durante estos encuentros.

     La respiración, los gemidos, los quejidos y los gritos sexuales, son indicadores de que los estímulos -sus formas y sus intensidades- que se le están aplicando a la pareja son los adecuados y que ésta responderá de acuerdo a ellos, para evidenciar que las caricias que recibe son las correctas. Por ende, juega un papel clave en la excitación el gemir, hacer ruido o gritar en la cama como una forma de expresión; que básicamente libera y deja llevar, además de aniquilar todo aquéllo que tense.

Entonces debe prestarse atención a estas manifestaciones que, además, tienen la función de estimular a la pareja; por ello, es recomendable aprender técnicas de respiración e, incluso, encontrar y practicar los quejidos que se consideren apropiados para usar durante los encuentros íntimos.
Se sabe científicamente que la sangre de una persona que está siendo bien estimulada -y, por tanto, que está logrando un alto nivel de excitación- aumenta su nivel de circulación, sobretodo en la zona que está siendo estimulada; lo que incrementa también la demanda de oxígeno, y provoca una respiración más intensa.

Así que cuando la respiración durante el acto sexual es entrecortada, la persona se cansa más rápido y disminuye la prolongación de la excitación y el placer que está recibiendo; por lo que es recomiendable que en esos momentos la respiración sea profunda y nasal, pero expulsando el aire por la boca para aumentar la oxigenación y la circulación de la sangre y con esto, prolongar la intensidad del placer.

Ya luego, así como el gemido es una respuesta positiva al estímulo, el grito -que a veces es una mezcla de placer y dolor-, indica que la pareja está en el punto máximo de excitación. Puede decirse entonces que la respiración, los gemidos, los quejidos y los gritos sexuales son códigos de suma importancia, especialmente en las personas que no expresan con palabras lo que sienten.

También al expresar excitación, se estimula a la pareja y da oportunidad de saber que hace lo correcto y, aunque se intente fingirlo, siempre será un indicador más realista que las palabras.

LOS GEMIDOS DEL ESPÍRITU

        El gemido del interior, el que emana del espíritu, es hablar en algún idioma extraño. Según el transcurso de una relación sexual, se producen sonidos; son esos gemidos indecibles, a veces descifrables y otras tantas, tan indescifrales. Gemir tiene que ver con un suspiro profundo, con un sentimiento interno de dolor o ardor inexplicable. Gemir, es lanzar el suspiro y el quejido de lo que desea escapar de la esclavitud de adentro y se exterioriza.

         En la mayoría, pareciera como si tuviesen un nivel predeterminado y pudiesen adaptarse al volumen que tenga su pareja y tienden a subirlo sólo cuando el otro haya hecho algo que han sentido como espectacular, o en el peor de los casos, cuando buscan acelerar el fin del coito.
     Actualmente, el sexo ruidoso es un tema tabú para mucha gente, quienes se dividen ante la máxima excitación, si gritar o no. Sin embargo, hay personas -tanto hombres como mujeres- que decidieron dejar de reprimir sus gustos y acciones en la cama.

        La cuestión es muy simple, las personas evitan emitir sonidos en la cama por incomodidad, por pena, o por el temor a ser juzgados; lo que condiciona de antemano una libre experiencia sexual.

Y para quitarse esa venda de los ojos, lo primero que debe pensarse y digerirse, es que las relaciones sexuales y la sexualidad son algo inherentemente natural.

Cuando se logra entender eso y justo en el momento en el que se libera la tensión que se ha acumulado, y cuando todos los sentidos están disparados, todo es mucho más erótico. Lo que casi garantiza un orgasmo explosivo y excelso.

         Comunicarse es algo crucial para saber qué nos gusta, conocernos y sentirnos más cómodos y; por supuesto, transmitirlo. Así como para prosperar en la relación y modificar o subsanar lo que no debe hacerse. Mejorar la comunicación es importante. No hay nada superable que el sexo cuando se es capaz de vivirlo plenamente y sin presiones. Disfrutar de la intimidad, cuidar a la pareja, manifestarse recíprocamente y buscar qué es lo que más los excita cuando de relaciones sexuales se trata es la base coyuntural y la construcción de todo.
Una vez que se deja de reprimir la comunicación no verbal, se experimentará la sexualidad de una forma 100% diferente. Sentirse deseada/o, cómoda/o y segura/o… y con ello, lograr que tu pareja lo sea también contigo.

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