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lunes, 15 de julio de 2019

LA EROTECA: UNA CARTA DE AMOR ERÓTICA PARA INSPIRAR Y ALEBRESTAR LA PASIÓN MIENTRAS REGRESA...

     Se ha comprobado que una pareja exitosa se basa en una buena comunicación, respeto, comprensión y complicidad. Sin embargo, no puede faltar la pasión, la chispa, el erotismo y el sexo. Aspectos todos que deben observarse y retroalimentarse por igual para mantener una relación alejada de la rutina, el aburrimiento y la monotonía.
      Y la experiencia ha indicado que debe cuidarse la relación de pareja; procurar el vínculo de amor y ternura, pero también la pasión. Porque es evidente que el fuego se va apagando, así que debemos hacer todo lo que esté en nuestras manos para avivarlo.

Es normal que con el paso del tiempo ya no se tenga la urgencia de devorarle a besos como al principio del enamoramiento, como también es normal que la frecuencia de las relaciones sexuales vaya disminuyendo a consecuencia de la rutina y del cansancio diario. Pero una carta de amor incitante y ardiente, podría ser una buena idea para encender esa energía pasional.
A veces nos encanta escribir cartas acerca del amor, pero también nos interesa ese amor más carnal; esa actividad compartida más íntima que ocurre entre las sábanas o donde surja, porque tampoco conviene restringir la pasión al dormitorio. Así un día inesperado podemos proponernos enviarle a nuestra pareja una carta de amor erótica, para ir calentando la jornada hasta que salten centellas formando ese fuego que toda relación necesita.
         A una carta picante puede darse el formato que más se desee, porque no es la clásica carta de amor romántica. Tu pareja ya sabe que le amas, ahora lo que tiene que saber es que también le deseas, entonces puedes escribirle una carta de amor erótica en un e-mail, por whatsApp o de cualquier forma que se te ocurra. El caso es que el mensaje le llegue alto y claro y subir la temperatura de la habitación, enviándosela cuando esté trabajando o en otro sitio para que no pueda dejar de pensar en la hora de llegar a casa.

*** ***
Hola:

Muero de ganas y ansias de verte, amor. De besarte. De tocarte. Estoy deseando que llegues a casa esta noche y volver a comerte sin descanso, porque hoy tengo hambre de ti, como nunca. Tengo ganas de ti y aprovecho estas líneas para que sepas lo que te espera hoy. Así que apresúrate, no te entretengas por el camino, porque estoy ardiendo de deseo.

No veo el momento de quitarte la ropa, con desesperación, nada más llegar. De meterte en la ducha y compartir el agua caliente corriendo por nuestros cuerpos, de ver cómo las dos pieles tan distintas se van uniendo; pegándose la una a la otra, fundiéndose finalmente en una sola. No veo el momento de que llegues una vez más.
Porque pienso en cómo va a recorrerte mi boca, buscando los mil recovecos de tu cuerpo, subiendo la temperatura hasta que estés a punto de estallar. Y volver una y otra vez a sentirte muy dentro, tan adentro que no podamos separarnos y no nos quede más remedio que llegar al final, juntos, muy juntos.
Y no sé si voy a poder contener este huracán de deseo, pero quiero reservarlo para ti y solamente para ti, mi amor. Quiero que explotemos juntos otra vez, después subir y bajar intensamente hasta que todos nuestros músculos digan basta y todo este torrente de pasión se desborde en nosotros.

Te deseo, CON URGENCIA…

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viernes, 28 de junio de 2019

LA EROTECA: NUESTRA FANTASÍA ESPORÁDICA EN EL METRO… "VEN, TE ESPERO EN EL ÚLTIMO VAGÓN"

Fui yo quien se lo pidió a él. Un día de la nada, le dije que hiciéramos una locura en el metro de mi ciudad y él sólo accedió con una sonrisa de asombro.

En fin, le dije para comenzar el contexto: "mira, sabes que siempre quise ser acosada por un hombre en un autobús, o que me manoseara un hombre en el metro; pero nunca pasó, muchas veces salí sin ropa interior y hasta llegué a mostrar algo, pero sólo había puritanos". Y ambos reímos tanto por mi ocurrencia.
En siguientes y sucesivos días, seguí insinuándole mi deseo y continuamos con nuestras charlas, hasta que en un momento entrando en nuestro íntimo terreno picante, él me confesó que también quería esa fantasía erótica. Entonces yo para seguirle el hilo, le dije que quería que me follara un desconocido sin que se lo consintiera; con un poco de forcejeo de su lado, con un poco de miedo de mi parte. Y sin dejar de mirarlo tan amorosa y tiernamente, no tuve qué decirle con palabras que deseaba con todo mi coño, que ese desconocido fuera él.

Inesperadamente, en una de sus llegadas a la ciudad, me marca y sin preámbulo me dice:

— Te propongo ir en el metro, a ver qué pasa. ¿Qué dices?

— ¿No es muy temprano?

— No, es justo el momento, salgo ya. Nos vemos en la boca del metro, pero no te conozco ni me conoces, imagina que soy un hombre de los que ves todos los días, pero hoy estás salida. Jajaja.

— Ciao.

Llegué al metro a la parada, me sentía fatal, jajaja; pero, decidí relajarme y dejarme llevar. Ser práctica.

Entré, pagué el ticket; pensé en llegar lo más lejos de ese trayecto, ya saben cómo es de cabrona la mente en estos casos.
Nos encontramos con la mirada. Él me siguió, aún no sentía nada –aunque era mi pareja y me pone hot hasta el full desde siempre-; pero había sí, ansiedad y nervios. Subimos al metro, él entró por la otra puerta, aún no había demasiada gente. Él se sentó de frente a mí, al lado mío había una señora entrada en años y un hombre joven que al parecer era un estudiante. Yo empecé a mostrarle discretamente un poco mi pierna y el hombre del lado me miró de reojo, cosa que a mi novio le gustó. Pensar en ello o imaginarlo, sí que me puso cachonda.

Yo muy puta, con los movimientos del metro movía mis piernas abriéndolas por instantes para que mi novio viera que no tenía bragas y el de al lado observando. Mi novio mirando… eso lo estaba matando. Le pude ver lo empalmado que estaba y yo comenzaba a excitarme más. El hombre volteaba después con descaro, a lo que yo respondí con una sonrisa, pues lo miré a la cara y él también. En eso el hombre, dice:

— Uff, que calor.

— Sí, la verdad sí.

— A dónde vas? Me preguntó el hombre, no sabía que responder.

— Nada, sin rumbo, mi novio y yo hemos peleado y estoy buscando no estar sola.

— ¿Sola, una mujer tan guapa como tú?

— Sí, es que no es fácil.

— Sí, te entiendo, soy soltero y eso a veces es malo, pero cuando tienes suerte, las cosas van mejor que estar mal acompañado.

En ese instante, entró tanta gente al metro que no pude verlo más. Entonces vi que él ya se había levantado, por lo que olvidé la plática con aquel desconocido y también me levanté y comencé a buscarlo.
Había mucha gente y estábamos muy apretados todos. Por fin lo encontré, pero no nos dijimos nada. Me moví, hasta quedar de espaldas a él y aprisionada entre las demás personas. Acomodé mis nalgas a su entrepierna, empezando a notar como una erección que empezaba a hinchar su miembro quería salir de su escondite. Era para volverse locos.

Luego comenzó a sobajearme con uno de sus dedos, aunque noté que comenzaba a sudar y en su pantalón aún se podía ver algún bulto que comenzaba a tomar volumen.

Quizá muchas personas nos miraban, incluyendo aquel hombre de instantes antes, pero cada quien estaba a lo suyo.

— Bajémonos aquí. Te espero en el último vagón.

Salimos de ese vagón intermedio, mi novio me siguió, no me perdía de vista.

Él estaba muy nervioso, bueno, ambos. No había casi gente ya a esa hora, y en cada estación iban bajando. Enseguida que entramos, me empujó contra la puerta contraria a la que se abre, y lo besé deliciosamente. Me repasó la lengua varias veces, me acerqué a su oído y le pregunté:

— ¿Eres un pervertido?

— No, no lo soy tanto.

Comencé a subir mi minifalda.

— Tócame.

Cuando dije esto, él ya tenía sus dedos sobre mí, y no paraba de frotarme; después metió uno de sus dedos en mi vagina y me besaba. En menos de un minuto, tres de sus dedos ya estaban ahí y los subía muy suavemente.

Era el momento, de  nuestro lado ya no había nadie que pudiera mirarnos directamente. Entonces tomé la iniciativa, comencé a desabrocharle el pantalón y saqué su polla, me baje la falda y me puse casi de rodillas. Estaba ya que me corría, pero quería darle tiempo para ver hasta donde me dejaría llegar.

Hice unos movimientos para acelerar su eyaculación, le pedí que me tapara la boca para no gritar. Lo hizo.

En menos de un minuto comencé a sentir calambres por mi cuerpo, estaba a punto de correrme, de no ser él quien se derramó antes sin decirme nada.

Así continuamos la faena, me corrí dos o tres veces, pues me la desencajaba del culo para metérmela en el chocho. Él no se vino ya después, pues su manera tan exquisitamente intensa en que lo hacía siempre, iba a delatarnos.

Y fuimos a casa, donde me dediqué a darle el culo y el chocho para que me lanzara su semen por todos lados, quede prácticamente bañada. Estábamos insaciables.

viernes, 7 de junio de 2019

LA EROTECA: TE ESPERO EN EL BAR…

Apenas estaba oscureciendo. Yo estaba leyendo el periódico cuando la vi entrar con aquel vestido ligero de verano y venir hacia mi mesa.

— ¿Llevas mucho esperando? – Preguntó.

— Diez minutos, no te preocupes. – Respondí.

Ella se sentó a mi lado, en el extremo de la pequeña mesa, a cuarenta y cinco grados de mi posición. Nos besamos cordialmente, hacía seis meses que no nos veíamos, y ambos sabíamos que ese era mucho tiempo. Hicimos un gesto a la camarera para que nos tomara nota. Pedimos una bebida cada uno y poco después brindamos por el reencuentro. Ella me puso la mano en la cara interior del muslo derecho.
— ¿Me has echado de menos? – Preguntó coqueta.

Me encantaba verla así, receptiva. Le respondí que sí, que la había echado de menos incluso vestida. Ella rió la ocurrencia, que a su vez yo le había robado a un cantautor.

— ¿Y te has tocado pensándome? – Quiso saber mientras apretaba mi muslo.

— Mucho. Aún sigues provocándome esa fuerte debilidad que conoces.

— ¿Seguro? Mira que puedo ponerte el detector de mentiras.

— Ponlo, sabes que no suelo mentir.

Alargó un poco la mano por debajo de la mesa y la puso sobre mi bulto, que, efectivamente, estaba haciendo ya reacción. Sonrió mirándome y continuó haciendo un leve movimiento con la mano. Yo no pude evitarlo y deslicé mi mano bajo la mesa y la subí por la cara interna de su muslo izquierdo, hasta con la punta de los dedos, tocar su más calurosa y acogedora parte.

El bar estaba bastante desierto, salvo una mesa con cuatro personas y la camarera. El lugar en el que me había colocado estratégicamente estaba en la parte más aislada, con lo cual disponíamos de cierta intimidad. Así que seguí alargando la mano hasta deslizar mi dedo índice por su hendidura y disfrutar de sus gestos, que era lo que más me estimulaba, ver el deseo y el placer en su cara. Ella me apretó y después bajó la cremallera metiendo la mano. Le resultaba difícil en esa postura bajar el bóxer para llegar hasta ahí. Decidí facilitarle la entrada. Me eché hacia atrás y me desabroché el botón abriendo el pantalón. Después bajé el bóxer trabándolo y dejándolo todo a su alcance bajo la mesa. Ella enseguida agarró y comenzó a masajear suavemente. Seguíamos mirándonos a los ojos, que expresaban un 'sálvese quien pueda'.

— Tengo que pedirte un favor - Le dije.

— ¿Cuál?

— Quítate las bragas y guárdalas en el bolso, me molestan.

Ella miró hacia el bar asegurándose de que no iba a ser excesivamente descarada. Después coló sus manos bajo la falda y levantándose un poco de la silla, sacó las bragas de su prisión. Luego las guardó en el bolso no sin habérmelas puesto en la nariz un par de segundos. Ahora tenía acceso libre a su centro vital. Volví a meter la mano y comprobé que su humedad iba en aumento, tanto es así que lo hice sin esfuerzo alguno. De nuevo su cara expresó el placer y su garganta emitió un gemido que no alcanzó a los oídos de los demás. Seguí suavemente con un dedo, mientras con otro le acariciaba. Me encantaba masturbarla.

Ella había friccionado bien y subía y bajaba la mano con densidad. Después retiró la mano y se la llevó a la boca, la empapó con saliva y volvió, deslizándose hacia abajo y lubricando. Era delicioso sentir su mano así. Era un juego que siempre habíamos tenido, nos gustaba la masturbación recíproca.

Yo seguía haciéndolo justo como a ella le gustaba y agitando en círculos su hermoso paraíso. En su cara se podía ver todo lo que un hombre desea para sí. Era hermosa, pero sintiendo placer era mucho más, era completamente arrebatadora.

— Si sigues así me voy a correr, y para eso la quiero dentro, hasta el fondo – Me dijo.

Yo miré el bar, la mesa ocupada seguía a lo suyo; supongo que se habían dado cuenta, pero disimulaban muy bien. La camarera secaba los vasos del lavavajillas como dejando pasar el tiempo.

Eché un poco hacia atrás la silla y le dije que subiera encima. No lo pensó, lo hizo. Yo sentado y ella sentada sobre mí dándome la espalda y haciendo movimientos circulares, sentía como me estaba empapando. Se echó hacia atrás y le mordí una oreja.

— No te corras dentro – Me dijo.

— Córrete tú primero, quiero verlo.

Seguí masajeando cuando sentí que se perdía. Le tapé la boca, la conocía bien. Su cuerpo se estremeció sobre mí y empezó a correrse. Sus gemidos eran enmudecidos por mi mano, pero no pude evitar que se le escapara un grito que hizo que la camarera más cercana, mirara hacia nosotros e hiciera un gesto de asombro. Disimuló apartando la mirada, pero sé que no podía evitar echarnos una ojeada sorprendida.

Ella se quitó de encima y volvió a su silla. Me miró.

— Voy a correrte – Me dijo.

Se puso saliva en la mano y comenzó a hacerlo rápidamente. Agregó la otra mano, sabía que me gustaba así. La camarera no dejaba de echarnos miradas esporádicas pero frecuentes, y yo estaba a punto de correrme, al parecer eso no se lo quiso perder. Cuando ella vio que mis facciones se contraían, agachó la cabeza y se perdió ahí; siempre le había gustado mi esencia, la trataba como un manjar exquisito. Empecé a eyacular agarrándome a la silla mientras ella tragaba. Me convulsioné. Ella aguantó estoicamente y después me lamió bien los restos. Cuando se incorporó, se lamió un par de dedos apurando el semen.

Ambos quedamos relajados, mirándonos con cara de quien desea que se repitan situaciones así.

Al rato bajamos a la barra y pedí la cuenta a la camarera.

— Enseguida – Me dijo.

Le entregué un billete y fue hasta la caja registradora. Volvió y me entregó el cambio.

— ¿Les ha gustado el servicio? – Preguntó.

Sonreímos los tres. Miré el dinero y se lo entregué a la camarera.

— Por el trato recibido – Le dejé caer. Ella sonrió.

— Vuelvan cuando quieran, yo estoy siempre en este horario.

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