lunes, 12 de agosto de 2019

¿Y LA FELICIDAD? JOSÉ ORTEGA Y GASSET: DE CUANDO EL PULSO DE NUESTRA VIDA SE DEBILITA O NO RESPONDE

Todos los seres racionales nos hemos hecho la pregunta alguna vez de qué es la felicidad, porque todos deseamos ser felices; el conflicto es entonces, cómo conseguirla y también cómo definirla. En términos generales, la filosofía estima que la felicidad es el sumo bien o bien objetivo al que tiende el ser humano en fundamento a esa racionalidad. Y sucede que el concepto de felicidad, cambiará notablemente al depender de qué es aquéllo que se comprenda por 'sumo bien' en la particularidad de cada uno.
Así que la idea de felicidad se relaciona siempre con una sensación que también es un estado, y explicar sensaciones es algo complejo, porque éstas esencialmente se experimentan.

En "El árbol de la ciencia" dice el autor del protagonista, estas palabras: "La vida en general -y sobretodo, la suya- le parecía una cosa fea, turbia, dolorosa e indominable". Esta impresión última y decisiva ante el conjunto del universo y de la existencia late, gime, trema; así la primera página, lo mismo que la más reciente. De esa emoción, como de una amarga simiente, es la abundante literatura; selva bronca y agria, áspera y convulsa, llena de angustia y desamparo que azota sin piedad a los transeúntes.

Porque, ¿quién no se ha sorprendido alguna vez tomando el pulso a la vida y no hallándolo? ¿Quién no ha sentido, en ocasiones, vacío el orbe de justificación? En esas horas de balance vital, sopesamos las grandes cosas que pretenden llenar la vida y darle solidez racional, sentido, precio o sugestión -el arte, la ciencia, la religión, la moral, el placer- y a lo mejor nos parece como si estuvieran huecas, como si sólo poseyeran la máscara de sí mismas y se alzaran fraudulentas ante nosotros al modo de falaces promesas. Si queremos plantar en ellas el vértice de nuestro corazón que se estremece sobre un abismo de nada, notamos que ceden, que se resquebrajan como cáscaras, que se esfuman como ficciones, que vacilan tanto como nuestra pobre víscera cordial, menesterosa de sostén, de una tierra firme donde asentarse, de un fondo sólido donde hincar su ancla. Como Arquímedes, nos contentaríamos con un punto de apoyo, pero que sea suficiente; que se baste a sí mismo y no necesite, a su vez, de otro donde afianzarse y así hasta el infinito.
En tales momentos, nos sentimos profundamente infelices.

LA FELICIDAD EN LA FILOSOFÍA CONTEMPORÁNEA 


Uno de los filósofos contemporáneos que abordó el tema de la felicidad, fue el perspectivista y ensayista español José Ortega y Gasset.
En palabras del propio Ortega, la felicidad se produce cuando coinciden lo que él llama 'nuestra vida proyectada', que es aquéllo que queremos ser, con 'nuestra vida efectiva', que es lo que somos en realidad.

Asimismo, José Ortega y Gasset concibe la felicidad como una confluencia. Para este filósofo, la felicidad se configura cuando coinciden 'la vida proyectada' y 'la vida efectiva'. Es decir, cuando confluye lo que deseamos ser con lo que somos en realidad.

Este filósofo anota: "Si nos preguntamos en qué consiste ese estado ideal de espíritu denominado felicidad, hallamos fácilmente una primera respuesta: la felicidad consiste en encontrar algo que nos satisfaga completamente".

Más, en rigor, esta respuesta no hace sino plantearnos en qué consiste ese estado subjetivo de plena satisfacción. Por otra parte, qué condiciones objetivas habrá de tener algo para conseguir satisfacernos.
Así, todos los seres humanos tenemos la potencialidad y el deseo de ser felices. Esto quiere decir que cada quien define cuáles son las realidades que pueden hacerle feliz. Si logra construir esas realidades verdaderamente, entonces será feliz.

LA FELICIDAD CON EL SEMBLANTE DE UN ANHELO ACTIVO


La felicidad no puede verse con claridad, si no se comienza por advertir que frente a las cosas, es el sujeto una pura actividad. Llámese alma, conciencia, espíritu o como se quiera; eso que somos consiste en un haz de actividades, de las cuales unas se ejecutan y otras aspiran a ejercerse. Consistimos, pues, en un potencial de actos: vivir, es ir dando salida a ese potencial, es ir convirtiéndolo en actuación. Dicho de otra manera: somos un poder ver, un poder gustar y oír, un poder recordar, un poder entristecernos y alegrarnos, llorar o reír, un poder amar y odiar, imaginar, saber, dudar, creer, desear y temer.
Estas consideraciones, llevan a una idea más adecuada del mecanismo de la felicidad. Se suele cometer el error de creer que ésta radica únicamente en la satisfacción de nuestros deseos, como si los deseos constituyeran toda nuestra personalidad. Conduce esta opinión a hacer depender nuestra ventura de la obtención de cosas externas a nosotros mismos, con lo cual resultaba inexplicable el caso tan frecuente de hombres afortunados, como Salomón; cuyos deseos se colman y que, sin embargo, se consumen de infelicidad.

En modo alguno, puede ser ese el papel que las cosas representan en nuestra dicha. No como poseídas u obtenidas contribuyen a hacernos felices, sino como motivos de nuestra actividad, como materia sobre la cual ésta se dispare y de mera potencia pase a ejercicio.

         Cuando se piensa en la existencia y su sentido, no hacemos sino exigirle que nos presente alguna cosa capaz de absorber nuestra actividad. Si algo en el mundo ocupa nuestra energía vital, nos sentiríamos felices y el universo nos parecería justificado. ¿Puede hacer esto la ciencia o el arte o el placer? Todo depende de que esas cosas dejen o no en nosotros porciones de vitalidad vacantes, inejercidas y como en bostezo.

Por tanto, quien se halle totalmente absorbido por una ocupación, ¿se siente infeliz?
Aquí está, aquí está el origen de la infelicidad. Este sentimiento no aparece sino cuando una parte de nuestro espíritu está desocupado, inactivo, cesante. La melancolía, la tristeza, el descontento son inconcebibles cuando nuestro ser íntegro está operando. Basta, en cambio, que en nuestra actividad se haga un calderón para que asciendan del espíritu quieto -como los vahos maléficos en un agua muerta- esas emociones de desazón, de desamparo y vacío infinito. Entonces advertimos el desequilibrio entre nuestro ser potencial y nuestro ser actual. Y eso, eso es la gran infelicidad.

Cuanto menor sea la expansión de nuestras actividades, en mayor grado seremos espectadores de nosotros mismos. Y el espectáculo que se nos ofrece, es nuestro yo atado como un Prometeo que pugna por moverse y no lo logra; nuestro yo convertido en puro anhelo, en propósitos irrealizados, en tendencias paralíticas y conatos reprimidos.

Si en los momentos de infelicidad, cuando el mundo nos parece vacío y todo sin sugestiones, nos preguntan qué es lo que más ambicionamos, suele decirse: salir de nosotros mismos, huir de este espectáculo del yo agarrotado e imposibilitado. La felicidad, es estar fuera de sí -pensamos-.

De lo dicho, se desprende que en ese estar fuera de sí consiste precisamente el vivir espontáneo, el ser; y que al entrar dentro de sí, el hombre deja de vivir y de ser y se encuentra frente a frente con el lívido espectro de sí mismo.
Los lamentos de acedia que salen de todas las literaturas románticas son los ladridos de la sensibilidad, irritada como un can, ante ese espectro que es el propio espíritu inactivo.

El protagonista de "El árbol de la ciencia", no encuentra faceta alguna en el orbe donde su actividad pueda insertarse. Vive como un hongo, atenido a sí mismo, sin adherencia al medio, sin cambio de sustancias con el dintorno. En nada encuentra solicitación bastante. Mas si el protagonista busca el árbol de la ciencia, es solamente para tumbarse un rato a la sombra. Nihil, nihil; el mundo en derredor, es un ámbito absolutamente vacío. Y en vista de ello, se suicida mediante aconitina cristalizada de Duquesnel.

Finalmente, un entramado de carácter filosófico donde alguien resolvió su propio problema existencial y de sinrazón con esa muerte farmacéutica -como lo harían otros-, por los bostezos de aburrimiento trascendental ante un mundo donde todo es insuficiente.