domingo, 9 de junio de 2019

MEMORIAS DE ADRIANO: EL EMPERADOR QUE SE ENAMORÓ DE UN JOVEN HOMBRE

Como quien presiente la proximidad de su muerte, el emperador romano Adriano escribió una carta dirigida como testamento espiritual a su sucesor designado, Marco Aurelio. Cuando comienza a escribir, él es un anciano. A manera de una larga epístola, hace una introspección de su vida; desnudando su alma Adriano revela su personalidad contradictoria, su lado estadista visionario, su virtud de más poeta versado de las artes, su perfil escéptico y; sin embargo, supersticioso, soldado temerario pero amante de la paz, filósofo mesurado y al mismo tiempo entregado al placer y la voluptuosidad. El emperador medita y reflexiona hondamente acerca de sus años de reinado, de sus triunfos militares, del amor, de la amistad, de la poesía, de la música, del arte, de los viajes, de la paz, de la pasión por su joven amante Antínoo y del dolor causado por su muerte; todo ello de una manera consistente, pero no exenta de esa melancolía del mundo antiguo.
       Sin embargo y más allá de estos triunfos, Adriano fue un homosexual declarado, haciendo pública su relación sentimental con Antínoo; al cual tras fallecer de forma trágica en plena juventud, elevó al estatus de dios creando todo un culto entorno a la figura de este amante.

En Adriano se puede reconocer la intrincada construcción del laberinto humano. Un Emperador correcto y justo, considerado por sus súbditos como un dios que llora como un niño por la muerte de su amor.

MARCO HISTÓRICO


    En la realidad histórica, Adriano (76-138 d.C.) es considerado por los historiadores como el más brillante de los emperadores romanos; caracterizado como un excelente administrador, con gusto refinado y benevolente.  En su vida personal, su matrimonio se reconoce por los documentos históricos que su relación fue meramente diplomática y que no tuvo descendencia; también se documenta su afecto por el joven griego, Antínoo y la tristeza amarga que le produjo su muerte. 
En esas líneas, escribe acerca de su formación en Filosofía y Letras y su preferencia por la cultura griega. Muestra a un Adriano ávido en prepararse con disciplina. Tenía curiosidad por las creencias y los ritos religiosos, sin embargo, termina por alejarse de ellos ya que considera que el fanatismo puede ser riesgoso para el imperio. Habla sobre sus amoríos, y revela que sus relaciones con las mujeres son frívolas y no contienen sentimientos profundos. Aduce que su matrimonio arreglado es una mera formalidad y que nunca llegará a querer o a relacionarse con su esposa; no obstante, le da el puesto que merece.

Roma vivió con Adriano una etapa gloriosa, vagamente opacada por el conflicto con Judea, que se dice fue un desatino político. Durante el comienzo de Adriano como emperador pudo vislumbrarse el cambio de estrategia que instauró, de una expansión física y cruel, a una expansión cultural. Detalla sus políticas frente a los trabajadores, los esclavos, las mujeres. Adriano se entrega abiertamente a los placeres carnales y espirituales con la misma intensidad con la que trabaja para Roma. Le atrae la idea de ser tan grande como los dioses del Olimpo. También habla sobre su deseo de construir y su sentimiento de responsabilidad ante la belleza del mundo. Entonces el imperio de Adriano estaba en pleno auge.

EL AMOR HOMOSEXUAL DEL EMPERADOR


Con el imperio pacificado y gozando de apogeo, Adriano encuentra el amor en un joven bitinio, Antínoo -extraordinariamente atractivo-. Con él llega hasta la cúspide de sus emociones, sin embargo, le teme a la entrega total que significa amar. Se interesa por la muerte, buscando sectas y ritos que más que darle una comprensión del misterio lo asustan y molestan. A raíz de las supersticiones y los augurios el joven Antínoo, que también le teme a su propia vejez, decide sacrificarse para asegurar el bienestar futuro de su emperador;  se suicida ahogándose en el río Nilo. Ante esta tragedia los sentimientos de Adriano son intensos, siente remordimiento y una tristeza que marcará su vida. "Todo se venía abajo; todo pareció apagarse. Derrumbóse el Zeus Olímpico, el Amo del Todo, el Salvador del Mundo, y sólo quedó un hombre de cabellos grises sollozando en el puente de una barca". Para compensar la culpa, nombra  a Antínoo dios y crea una ciudad en su nombre, Antinoe; la devoción formal que obtuvo esta nueva deidad, se difundió y tuvo mucha popularidad en el imperio.

Aquí acaba todo cuanto se sabe de él. No aparece en las crónicas ni en las inscripciones hasta el mismo momento en que perdió la vida, pero el dolor inconsolable de Adriano lo elevaría a la categoría de mito.

El emperador abatido por la tristeza y el comienzo de su enfermedad sigue rigiendo su imperio y haciendo importantes avances en cuanto al Derecho y la cultura, pero es en este capítulo donde más se evidencian sus falencias: inflinge castigos crueles, manda a matar a sus enemigos y se equivoca en el manejo del conflicto con Jerusalén pretendiendo implantar la cultura greco-romana, sin calcular el arraigo inquebrantable de los judíos hacia sus costumbres y su segregadora religión.

Adriano llega a desesperarse por su estado de salud, no tolera la falta de control sobre su cuerpo y su vida y busca el suicidio; pero al comprobar que uno de sus médicos prefirió morir antes que darle veneno, decide aceptar su suerte y pensar que vivió de una manera intensa disfrutando de todos los goces que podía dar su cuerpo. Era hora de vivir, también con intensidad, sus peores momentos. Aquella alma juguetona y liviana, tendría que vivir encerrada soportando estoicamente la fragilidad y decadencia de quien alguna vez fue su cómplice. 
Adriano sufrió probablemente de una afección cardíaca. Muere en su villa de Tibor -actualmente Tivoli- de la cual, todavía se conservan las ruinas. Su mausoleo fue lo que se conoce hoy como el Castillo de San Angelo en Roma.